Sin honores al vago
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CompartirEl gratis total con el que se intentó ocultar el progresivo deterioro de los servicios ferroviarios dejó bien claro que lo que no se paga ... no se valora. Comenzó con trenes a Madrid sin un solo asiento libre en los que luego los vagones iban casi vacíos. Se reservaban plazas que luego no se ocupaban. Y, aunque ese mal uso se frenó finalmente con penalizaciones, los usuarios que necesitaban el tren para acudir al trabajo han seguido hasta el pasado julio con serias dificultades para encontrar un asiento libre. En vez de ayudar a quien realmente necesitaba usarlo, se optó por llenar los trenes con quienes se aburrían en casa a costa del bolsillo de todos. Casi siempre merece más la pena cobrar, aunque sea muy poco, que generar la falsa impresión de que las infraestructuras se pagan solas y que el bolsillo del Estado, que no es otro que el nuestro, no tiene fondo.
Mientras tanto, los retrasos y las incidencias en la vía no han dejado de aumentar y el servicio se ha deteriorado. El dinero que se destina a regalar viajes no se puede usar para mantenimiento ni mejoras. Y hoy, que la gratuidad se ha acabado y que el insuficiente mantenimiento parece la causa de la pérdida de muchas vidas, la confianza en el tren está herida de muerte. Y no va a ser nada fácil reanimarla.
En su carrera a la reelección, Mañueco se ha subido también al tren de la gratuidad. Pero con un matiz nada insignificante: solo para empadronados. Hace meses que empezó a aplicarla a los autobuses. Y, nos guste o no, lo cierto es que la población sigue aumentando. No nos engañemos. Nadie va a trasladarse desde Teruel a Salamanca porque aquí no se paga un céntimo por el bus de la capital a Santa Marta. Sin embargo, sí puede ser el detonante para que las miles de personas que viven en esta provincia pero están empadronados fuera de la Comunidad se decidan de una vez a engrosar el censo de castellanos y leoneses. Con ello, se puede obtener una mayor financiación estatal e incrementar los ingresos tributarios.
¿Cuál es el mayor colectivo de población empadronada en otros lugares? En Salamanca, no hay ninguna duda: los miles de estudiantes que llegan de toda España y también del extranjero. Ofrecer el primer año de universidad sin coste alguno a los empadronados no solo es una alegría para el bolsillo de las familias que ya residen en la provincia, sino que puede ser un incentivo para que quienes vienen de fuera a estudiar y usan los servicios públicos de esta provincia se lancen a empadronarse en esta tierra. Habrá que evaluar si el coste merece la pena.
Quedan muchos flecos por «peinar» en esta propuesta. Corremos un serio riesgo de que se disparen las cifras de matriculaciones y luego a clase no vaya ni un estudiante, exactamente igual que pasaba con los trenes al principio. Al igual que cuando la ciudad busca ganar turismo, el objetivo no es atraer más despedidas de soltero, tampoco se puede malograr el prestigio del Estudio de Salamanca convirtiendo sus aulas en el espacio de recreo de quienes no tienen nada mejor que hacer. La decisión de costear el primer año de grado no puede llevar a que la 'mina' de talento en la que se ha erigido una institución ocho veces centenaria pase a ser una versión ampliada de la Universidad de la Experiencia para pensionistas y jubilados. Sacar las mejores notas o buscar la matrícula de honor en Bachillerato para que el primer año como universitario sea gratis perderá gran parte de su aliciente. No caigamos en el error de hacerle los mismos honores al vago que al alumno trabajador.
De momento es solo una promesa. Hay tiempo para perfeccionar la propuesta y definir unas condiciones para que sea una medida efectiva para fijar población que evite el abuso.
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