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La burocracia y el dolor

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Tenía previsto escribir hoy de la necesidad de ayudar a las personas que han sufrido una tragedia en su vida y a sus familiares. Y ... no me refiero solamente al apoyo económico. Lo ilustro con varios ejemplos. Uno es el accidente ferroviario de Adamuz. Poco se puede hacer ya por los muertos, pero sí por los heridos y las familias de todos. Y entre lo que se debe hacer destaca no aumentar su dolor, tirándose los trastos a la cabeza desde el punto de vista político y utilizar el asunto como arma arrojadiza. Y, después, hay que arropar a todas las víctimas en sentido directo e indirecto, con la ayuda económica que sea precisa y poniendo a su disposición los recursos necesarios para que la burocracia no se convierta en otro castigo añadido. Me refiero a la tramitación del pago de los seguros, de las incapacidades a que haya lugar, de las pensiones si es que es necesario, de las medidas sanitarias y, por llegar hasta el último detalle, tramitar a los heridos, si es el caso, el DNI, porque en el accidente se perdió. Es facilitar la vida diaria de los afectados para que no haya, insisto, un castigo adicional. Escribí algo similar cuando la dana de la Valencia y con motivo de los atentados del 11M en Madrid.

Otro ejemplo es lo que ha pasado en nuestra capital con el incendio de una vivienda situada en el paseo de la Estación. Desconozco si María del Camino, la persona afectada de forma directa y su familia necesitan apoyo económico, pero de lo que estoy seguro es de que precisará una casa dónde vivir, ropa, muebles, de que se habrán quemado la escritura del inmueble y requerirá una nueva. También de que habrá perdido la póliza del seguro y sería el colmo que la aseguradora pidiese esa documentación y vaya usted a saber cuantos papeles más. En el caso de desgracias de este tipo, las administraciones correspondientes (entendidas en sentido amplio) deben apoyar a los afectados y no hacer más difícil todavía su vida cotidiana presente y futura. Lamentablemente, y por experiencias anteriores, en la mayoría de las ocasiones ese deseo mío, y supongo que de las víctimas y sus familiares, no se cumple y hay muchas trabas y burocracia por medio. Otro ejemplo cercano está en la aplicación de la Ley de la Dependencia.

Y, justo, cuando andaba hilvanando todo lo anterior, me entero por este nuestro periódico de la muerte de María Caamaño. He seguido su peripecia vital a través de estas páginas y no puedo sentir por ella más que admiración. Creo que la mejor manera de rendir tributo a su memoria es lograr que se investigue más en las enfermedades menos habituales, como las que ella ha padecido. Y, en esto, todas las manos son pocas. Hacen falta medios públicos, pero también privados. Vamos, lo que se llama colaboración público-privada. Y que todo ello se haga de forma rápida y eficaz para que la burocracia y las competencias de unos y de otros no se conviertan en barreras infranqueables. Insisto en que será la mejor manera de honrar su memoria.

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