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La tentación

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09.04.2026

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La tentación está ahí. Basta mirar lo ocurrido estos días: una Semana Santa exultante, calles llenas y jóvenes en cada esquina. La imagen invita a ... una lectura cómoda: la fe vuelve. Pero ese diagnóstico es precipitado. Lo que estamos viendo no es un regreso, sino un cambio. Menos visible, menos masivo y, precisamente por eso, más exigente.

Porque, mientras las calles se llenan, la fe ya no se transmite como antes. Se busca. Se cuestiona. Y, en algunos casos, se elige. Ahí están los bautismos de adultos: pocos, sí, pero significativos, como los de Alfonso o Lidia, que cuentan hoy su historia en las páginas de este periódico. Jóvenes que no fueron bautizados y que, años después, deciden hacerlo tras un proceso de dos años. Sin inercia, sin tradición, sin presión social.

El riesgo es interpretar este momento con entusiasmo ingenuo o con pesimismo automático. Lo resumía con acierto el pregonero de esta Semana Santa, Daniel Cuesta: «Existe el riesgo de interpretarlo de forma triunfalista o pesimista». Ni una cosa ni la otra. La fe no vuelve como fue. Tampoco desaparece. Se transforma. «Será una minoría significativa», advertía. Ahí está la clave. No estamos ante una recuperación, sino ante una reducción que, al mismo tiempo, puede ser una depuración. Menos cantidad, más conciencia. Menos costumbre, más decisión. El mismo obispo de la Diócesis, José Luis Retana, en su presentación como prelado, reconocía que la Diócesis, como toda la Iglesia católica española, se dirigía hacia «comunidades más pequeñas, pero auténticas».

El contexto ayuda a entenderlo. Es una generación educada en el racionalismo, en lo medible, en lo inmediato. Y, sin embargo, emerge una inquietud que no encaja del todo cuando algo se derrumba, como la muerte de un familiar, un desengaño o una tragedia. La cuestión no es si existe la espiritualidad, sino qué profundidad tiene y los riesgos que entraña. «Espiritualidades hay muchas, pero Dios solo uno», respondía la religiosa a la tía de Ainhara cuando la dejaron en el convento por primera vez, en una de las escenas de la popular película ganadora del Goya, Los Domingos. No toda espiritualidad es lo mismo. Hay una espiritualidad estética, consumible, que funciona en la música o en el cine. Y hay otra que exige tiempo, renuncia y compromiso. La diferencia se encuentra entre la emoción y la transformación. Esa es otra escena clave en la película, cuando el director espiritual le pregunta a Ainhara si la atracción que siente por un chico es la misma que tiene por Dios.

Por eso conviene desconfiar de los signos rápidos. Rosalía, el cine o la estética religiosa pueden abrir puertas, pero no sostienen una fe. «La vocación no es un sentimiento», recordaba el vicario general, Tomás Durán. Porque el sentimiento, como los arrebatos, pasa. Por eso mismo Alfonso y Lidia tienen que realizar un proceso de dos años antes de bautizarse y entrar en la Iglesia Católica. Dos años de espera, de acompañamiento, de dudas. No encajan en la lógica de lo inmediato. Por eso, antes de entrar en el seminario, se realiza un curso propedéutico para que los futuros aspirantes conozcan la vida religiosa antes de entrar en ella. Frente a la imagen de masas en la calle, hay decisiones individuales en silencio. Frente al gesto colectivo, un proceso personal: donde se juega el futuro.

Muchos pensaron que la fe desaparecería. No ha sido así. Pero tampoco ha vuelto como antes. Lo que está surgiendo es otra cosa: una fe más minoritaria, más exigente y, sobre todo, más elegida. La tentación está ahí: confundir presencia con profundidad. Pero el cambio real no se mide en las calles, sino en las decisiones que se toman en silencio.

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