Blanquear al narco
Los actores Tamar Novas y Touriñán (a los mandos de la embarcación) son los narcos Daniel y Nilo en la serie «Clanes». / Jaime Olmedo/Netflix
Me picó la curiosidad y, cuando reina la paz en casa —es decir, cuando la prole ya ha caído en el primer sueño de la noche—, estoy viendo a ratos la serie de Netflix «Clanes», producida por Vaca Films y protagonizada por Tamar Novas y Clara Lago. Ya que hablamos de narcotráfico y drogas, no voy a negar lo evidente: engancha. La trama, inspirada en hechos reales, mezcla acción, romance y comedia —Xosé Antonio Touriñán, como siempre, hace gracia hasta cuando mete miedo—, y si a eso le sumamos la espectacularidad de la ría de Arousa, que es de mis favoritas, sale un cóctel que, como es lógico, gusta y está arrasando en visualizaciones.
Si esperan un «pero», aquí va. ¿Por qué la mayoría de los narcos protagonistas de series y películas son siempre guapos y simpáticos? Tamar Novas —del que me he dado cuenta de que tiene un aire importante a Rafa Durán; solo le falta decir «cho»—, Javier Rey en «Fariña», José Coronado y Álex González en «Vivir sin permiso» y «Operación Marea Negra», Miguel Ángel Silvestre en «Sin tetas no hay paraíso»... Claro, al final acabas cogiéndoles cariño y hasta te da pena cuando los del Greco, la DEA o la Guardia Civil les chafan alguna operación. «¡Ya está la pasma metiendo las narices!». Lo digo porque luego, en la vida real, los narcos no suelen ser guapos —aunque alguno habrá, supongo—, ni simpáticos —no parece un oficio que deje mucho margen para eso—, ni, desde luego, personas ejemplares.
No digo que la serie no entretenga ni que no refleje una realidad que está ahí, incrustada ya casi en el ADN del estereotipo gallego. «Ah, ¿eres de Galicia? Mucha fariña, ¿eh?». «Claro home, claro». Lo que digo es que, entre una cosa y otra, se termina idealizando una práctica que solo deja sufrimiento y dolor en muchísimas familias. Acabamos de publicar, además, que la sustancia psicoactiva más consumida en esta tierra nuestra es la cocaína. Ninguna sorpresa, la verdad. Está muy bien la historia de amor, las coñas, el postureo de yates y deportivos, los astilleros, las empresas pantalla, los chalés a pie de playa, la conexión transoceánica con las mafias colombianas, mexicanas, albanesas, marroquíes y vaya usted a saber cuáles más. Todo eso en pantalla luce mucho. Pero blanquear a los narcos, pues no. Ya ellos blanquean de otra manera.
A lo mejor, en medio de tanto glamour, de tanto exceso, de tanto cochazo y de tanto plano bonito, convendría enseñar también —ahora me pongo un poco en modo económico— el final de la cadena de valor del narcotráfico. Es decir, los clientes. Los consumidores esporádicos que creen que controlan. Los que dicen «yo solo los fines de semana». Los que juran que lo dejan cuando quieran. Y, claro, también los adictos que ya no son capaces de salir de ahí. Sin esconder el desgaste, el sufrimiento, el dolor y la muerte que hay detrás de las fiestas, de los brindis y del patrón.
Porque sí, la serie engancha de narices. Nos venden al narco guapo, simpático y enamorado, con yate, mansión y ría de fondo —por cierto, espectacular Cambados—, y casi hasta nos sabe mal cuando aparece la Guardia Civil a aguar la fiesta. Pero el verdadero final de la historia no sale en pantalla. No sale el chaval que empezó «solo los fines de semana» y terminó sin trabajo, sin familia y sin nada. No sale la madre que ya no reconoce a su hijo. No salen las urgencias llenas de corazones reventados ni las casas donde hace tiempo que se dejó de dormir tranquilos.
Porque el glamour termina justo donde empieza el dolor de verdad. Y ese tramo, curiosamente, casi nunca lo filman.
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«Claro, home, claro».
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