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A los lados del Camino

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Peregrinos del Camino por la Costa en dirección a Baiona. / Marta G. Brea

El sábado por la tarde fui al súper a por algo para cenar. Entré en el Froiz que tengo al lado de casa y casi no se cabía por los pasillos de tanto guiri como había. Pata alta —como se dice en mi zona; es decir, de metro ochenta para arriba, ellas y ellos—, rubios y con un acento difícil de imitar. Le pregunté al cajero, que es un crack y habla con todo el mundo, y me dijo: «Son polacos». Peregrinos.

El lunes salí de casa a las 8.45 h., como todos los días entre semana, con los niños para ir al colegio y nos encontramos con otra legión. Identifiqué italianos, británicos —bueno, hablaban en inglés—, alemanes y un brasileño, o portugués, no me quedó claro. «Papá, ¿de dónde salen todos estos chicos?», me preguntó la mayor. «Son peregrinos, están haciendo el Camino de Santiago».

Igual hablar de marea, de riada o de avalancha es exagerar un poco la cosa, pero ahora me creo bastante más el bum del Camino por la Costa, como bien recogía hace unas semanas Pablo Galán. 6.500 peregrinos de casi cien nacionalidades han pasado por Vigo entre enero y marzo —y eso que con los temporales muchos se echaron atrás—, y por lo que se ve, abril va camino de récord.

Ayer decidí hacer una pequeña prueba empírica para confirmar mi teoría. En una caminata mañanera de cincuenta minutos por el paseo marítimo, desde A Foz do Miñor hacia Baiona, conté más de treinta peregrinos. Muy educados, además. La mayoría saludaba con un «hola» o, simplemente, con un gesto de cabeza. Alguno me paró para preguntarme: «¿Vigo?». «Por allí», le indiqué. Muchos iban parando cada poco para hacer fotos, sacarse un selfi e incluso vi a una señora que llevaba una cámara GoPro a la que le iba hablando. Igual estaba retransmitiendo la etapa en directo. O haciendo un documental. O ambas cosas, que ahora ya nunca se sabe.

A este paso, estoy seguro de que el Camino por la Costa tardará bien poco en discutirle al Francés el liderazgo en la llegada a Santiago.

A mí lo del Camino no me convence. Ya lo expresé en alguna ocasión. Tanto patear para llegar a Santiago, la verdad, como que no lo veo. Pero reconozco que la belleza del propio recorrido, sobre todo de esta variante que discurre por nuestro litoral, es cautivadora, especialmente para quien viene de tierra adentro. También me pregunto si Galicia está sabiendo aprovechar del todo la oportunidad que supone que cientos de miles de personas vengan cada año a por la Compostela. Si les ofrecemos lo suficiente como para que quieran volver, pero no ya a hacer el Camino en sí, sino a disfrutar de este territorio con más calma. No sé.

Algo adictivo debe de tener la experiencia, y si no que se lo pregunten a la vasca Maritxu Usubiaga, que estuvo hace poco en Vigo haciendo su Camino número 56. Como lo leen: 56. Y con 85 tacos. «Soy feliz haciendo el Camino», aseguró en el albergue de O Berbés. Pues algo habrá.

Yo sigo sin verle la gracia a eso de caminar durante días con la mochila a cuestas, pero me parece estupendo que vengan, que se hagan fotos, que saluden a los autóctonos y que acaben felices en O Obradoiro. Aunque el verdadero negocio —siempre me sale la vena económica, mis disculpas— no debería consistir solo en ponerles un sello, servirles unas empanadillas o un plato de pulpo á feira y hasta luego, Lucas. Debería consistir en dejarles ganas de volver cuando ya no lleven botas, ni prisa, ni ampollas. 

Cuando puedan mirar a Galicia sin la tiranía de la etapa siguiente.

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Porque si tanta gente repite, como Maritxu, por algo será. La cuestión es si vuelven solo por el Camino o también por lo que encuentran a los lados.

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