Lodeiro: el éxtasis gráfico vigués en el Mugart de Ribeira
Al pie mismo de la sierra del Barbanza, donde la vista se pierde en un degradado de verdes, marrones casi diluidos, arenosos, azules atléticos y celestes, blancos difusos de alguna nube pasajera, el reencuentro con la figura de José Lodeiro (Vigo, 1930-1996) resulta una revelación casi mística. Allí el ambiente se adoba de salitre, yodo y brisa nórdica, proporcionando el marco físico ideal para una obra que, por inesperada, eleva al visitante a un admirado éxtasis. La vigencia del Museo de Artes do Gravado á Estampa Dixital —Mugart— que la acoge, cuando cumple sus primeros 25 años, potencia la calidad de la obra gráfica de un autor vigués cuya maestría técnica en el surco y la huella sorprende por una modernidad que confieso desconocía y que ahora se me antoja imprescindible.
Hablar de los paisajes de Lodeiro es hablar de una cartografía que sabe a libertad. Tras su paso por el París bohemio de Montparnasse y la Citroën, y tras empaparse de la Suiza constructivista de Max Bill, su regreso a la Galicia de 1963 marcó el inicio de una investigación donde el territorio se sintetiza en una geometría sagrada. Su importancia como grabador radica en haber convertido la estampa en un lenguaje de resistencia primero y en una depuración metafísica después. Desde su militancia activa en Estampa Popular Galega, donde el linóleo servía para denunciar la opresión y la violencia del franquismo, hasta sus abstracciones de madurez, Lodeiro entendió que el grabado era la herramienta democrática perfecta para elevar al pueblo a través del pensamiento visual y el rigor formal, como bien recuerdan en el magnífico catálogo Rut Lodeiro y Carlos L. Fernández, libro ilustrado con fotografías de Xulio Xil —que también expone allí estos días su «Viacrucix e 15 testemuñas»—.
La producción gráfica de Loderiro no es un eco menor de su pintura, sino un universo con gramática propia. En las salas del Mugart, sus piezas demuestran cómo el artista vigués fue capaz de imprimir a sus visiones una rigurosa estructura de rombos, cuadrados y triángulos, logrando que la luz parezca emanar de la propia fibra del papel. Es un «trabajador de la pintura», como lo definieron con acierto Álvaro Cunqueiro o Eduardo Blanco Amor, que en el grabado encontró el orden necesario para domesticar el caos del mundo. Sus obras de la etapa final muestran una fasquía de actualidad absoluta, como si acabaran de salir del tórculo, desafiando el tiempo con una frescura que solo poseen los clásicos que supieron adelantarse a su época.
En este rincón de Ribeira, donde el río de Artes busca la salinidad de O Carregal, el legado del pintor olívico, con obra el Museo Reina Sofía, se confirma ante mi como los restos rescatados de un naufragio ante un raquero. Es una poética de las formas donde el horizonte, cargado de yodo y color puro, cobra finalmente todo su sentido. El artista, que a menudo firmaba como «pintor de Vigo», trasciende aquí lo local para situarse en la vanguardia universal. Sus estampas son testimonios de una lucha entre la superficie y lo profundo, entre la figuración de aquellas «desahuciadas del Berbés» y la abstracción más críptica de sus series eróticas o sus paisajes oníricos de futuros inciertos.
Lodeiro no escogía el color por eficacia, sino que este surgía de un proceso casi alquímico de prueba y error, buscando que la superficie fuera sólida y vacua a un tiempo. En sus manos, el rojo no era solo un pigmento, sino «el espacio de un cuadrado que contenía el plano de un espacio mundial». Esa ambición intelectual, unida a una técnica depurada en la xilografía y el linóleo, lo convierte en un artista inclasificable que huyó de las etiquetas para centrarse en la vibración de la raya y la intensidad del cromo. Sus paisajes, que Manuel Méndez Ferrín describió en ocasiones como «flores del mal» por sus trazos bulbosos y ovoides, son en realidad visiones de una tierra que se reconoce a sí misma en la síntesis geométrica.
El Mugart, este oasis de cultura gestionado con voluntad incombustible por Javier Expósito y dirigido por Xoán Pastor Rodríguez, director del museo y cocomisario de la muestra con el propio Carlos L. Bernárdez, se erige como el escenario perfecto para este redescubrimiento. En sus salas, Lodeiro emerge para convivir con la sombra de los grandes maestros, desde Rembrandt a Picasso, aportando esa luz atlántica que solo quien ha vivido el exilio y el retorno sabe plasmar con tal lucidez. Es una obra que reclama pausa, que exige ser contemplada con la quietud que la verdadera maestría requiere.
Al final, la visita a Artes no es solo un recorrido por un museo de excepción, sino un diálogo íntimo con un creador que supo dotar de sentido al mundo a través de la línea y el color. Lodeiro nos recuerda que el arte, para ser verdadero, debe nacer de un compromiso firme con la vida y la libertad. En ese degradado de azules y verdes que rodea el museo, la obra de José Lodeiro brilla con la fuerza de lo eterno, recordándonos que el horizonte, cuando se mira con los ojos del artista, siempre tiene sentido. Vigo y otras ciudades deben reclamar cuanto antes esa exposición del Mugart que podrá disfrutarse en Artes hasta el 13 de junio.
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