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Magias y gafes del fútbol

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26.03.2026

Contaba el otro día Marcos Romero en este periódico el curioso mal fario que aflige al Celta cada vez que elige una camiseta conmemorativa distinta a la habitual. Pasó este fin de semana con la derrota ante el Alavés (de un 3-0 a un 3-4), aunque había ya precedentes de lo mal que le sienta al equipo el cambio de uniforme. Salvo exigencia del reglamento, no parece buena idea cambiar el azul celeste por el rojo, el negro o siquiera los colores de la bandera de Vigo.

El fútbol es un juego supeditado como cualquier otro a las intrusiones del azar. De ahí que las supersticiones desempeñen un sustancial papel en el imaginario de cualquier afición.

La del Celta, en particular, ha dado abundantes muestras de su respeto a las fuerzas invisibles del mal, que para algo lleva los colores de Galicia en su camiseta. A los gallegos se nos atribuye una cierta querencia por la hechicería y la superstición, aunque tampoco hay que exagerar. Ningún gallego ignora, en realidad, que ser supersticioso trae mala suerte.

Lo normal era que presidentes y/o entrenadores del Celta peregrinasen a Santiago para negociar directamente con el Apóstol la salvación del equipo o su clasificación para la UEFA. Pero eso entraba dentro de los cánones del fútbol, que a fin de cuentas es una variante de la religión con olor a linimento en lugar de incienso.

Fuera de esas aceptables rogativas, el Celta dio un paso más allá al poner una vela a Dios y otra a las brujas. Para conjurar una funesta racha de resultados, el club optó hace cosa de veinte años o así por la vía herética de la superstición.

Los dirigentes de entonces exhortaron a los socios a concurrir al estadio bien provistos de ajos, patas de conejo, amuletos y cualquier otro instrumento de brujería. Infelizmente, el despliegue de utilería sobrenatural no bastó para evitar que el equipo cayese a los infiernos subalternos de Segunda.

Aquellos sortilegios fallidos ya no se estilan, naturalmente. La más moderna dirección del Celta ha sustituido el marketing de los ajos por el de la cantera, con más que notable éxito hasta el momento. Aun así, la insólita remontada del otro día en Balaídos ha hecho pensar a los más aprensivos en la vuelta de los viejos demonios, que ahora podrían estar encarnados en ciertas camisetas gafes.

No por ello hay que apresurarse a organizar aquelarres de meigas para amedrentar al equipo contrario, como hacen algunos clubes de rugby con los estremecedores gritos de la haka en el preludio del partido. Lo del domingo fue un accidente, y ya.

Con las cosas serias no se juega. Y nadie ignora que, de las cosas sin importancia, el fútbol es la más importante, según dicen que dijo Eduardo Galeano: el mismo que calificó al balompié como la única religión que no tiene ateos. (Lo de las camisetas habría que mirarlo, eso sí).

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