Por los caminos del Señor
Hola… Es mediodía en el desierto de Samaria, en la ciudad de Sicar. Allí se encuentra un pozo con una historia de miles de años, pues en él no solo bebían las personas, sino también los rebaños de José, el hijo de Jacob. Por eso, a este lugar se le conoce como el pozo de Jacob. Aquel mediodía, sediento por el calor del camino, llegó Jesús. Estaba solo, porque sus discípulos habían ido al pueblo más cercano a comprar comida. Se sentó en el brocal del pozo y, poco después, llegó una mujer —a quien el Evangelio llama la samaritana— para sacar agua del pozo de Jacob. Entre ambos se entabla un diálogo profundo e interesantísimo, digno de ser leído con calma en el Evangelio de San Juan, capítulo 4, versículos del 5 al 32. En medio de esta conversación me permito compartirte esta frase: “Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán en Espíritu y en Verdad”. La mujer le dice: “Sé que va a venir el Mesías; cuando venga, Él nos lo dirá todo”. Y Jesús le dice: “Soy yo, el que habla contigo”. Todo el texto es maravilloso, pero lo más entrañable para mí es ese momento en que Jesús se revela y le dice, en otras palabras: “Yo soy al que ustedes están esperando”. Y para recibirlo, no son necesarios los ritos del templo de Jerusalén, donde los judíos adoraban a Dios, ni el monte Garizim, donde lo hacían los samaritanos. El verdadero encuentro con Jesús sucede en el corazón de cada uno de nosotros. Hay corazones heridos, lacerados, incluso destruidos, que necesitan el abrazo de Dios para ser sanados. No lo dudes, este puede ser tu momento para abrir el corazón y aceptar la salvación que Dios quiere regalarte. Recuerdo que, cuando era niño, si me golpeaba jugando en mi pueblo, llegaba llorando a casa. Mi madre se acercaba, miraba la herida y, con ternura, me daba un besito. Y con ese gesto yo sentía que todo quedaba curado. Por eso, a esta reflexión me gustaría titularla: “El beso de Dios para los corazones heridos”. Él puede hacerlo, y lo hará si se lo pedimos de verdad. No hacen falta cartas, documentos ni memorandos. Basta con esta bella frase: “Por tu inmensa compasión, cura mis heridas”. De la mujer samaritana no sabemos más que lo que nos narra el Evangelio de hoy. Pero estoy seguro de que, al igual que otras mujeres que caminaron junto a Jesús, nunca jamás olvidaron aquel encuentro de amor que un día tuvieron con Jesús y, al igual que la canción, podemos decir: “Es imposible conocerte y no amarte, es imposible amarte y no seguirte, ¡me has seducido, Señor!”. Gracias por llegar hasta aquí. Hasta la próxima semana. ¡Que Dios nos bendiga! Contáctanos en FB Padre Pablo Larrán y TikTok: @padrepablolarran
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