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Semana Santa sin fe: candidatos en modo fariseos

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03.04.2026

A tan solo diez días de las elecciones nacionales, lo que el Perú ha presenciado en los llamados “debates presidenciales” no ha sido un ejercicio democrático de ideas, sino un espectáculo lamentable, carente de altura, verdad y respeto. Lejos de propuestas sólidas, hemos visto ataques, evasivas y discursos vacíos que retratan una crisis más profunda: ¡la pérdida de valores! En esta Semana Santa, tiempo de recogimiento y reflexión, resulta inevitable mirar estos escenarios políticos como un eco de los tiempos bíblicos. Aquellos tiempos donde los fariseos y escribas, conocedores de la ley, la usaban para manipular, engañar y sostener apariencias mientras el pueblo clamaba por verdad. Cada candidato, con sus estilos y discursos, pero en conjunto reflejando una preocupante desconexión con la verdad y con el país real, ha dejado más dudas que certezas. No se trata de atacar personas, sino de cuestionar conductas. Porque cuando la política se convierte en simulación, cuando el discurso reemplaza a la convicción y la ambición eclipsa el servicio, el problema deja de ser electoral y pasa a ser moral. Jesucristo recorrió aldeas y ciudades llevando un mensaje simple pero poderoso: amar al prójimo como a uno mismo. No habló de poder, habló de servicio. No ofreció promesas vacías, ofreció verdad, aun cuando esta le costara todo. Ese mensaje, que debería ser guía ética en todo ámbito humano, hoy parece ausente en quienes aspiran a dirigir los destinos del país. En contraste, muchos actores políticos parecen haber olvidado ese principio esencial. Se acusan, se contradicen, se descalifican, pero pocos hablan de sacrificio, de justicia real o de amor por el pueblo. Y es allí donde el paralelismo con los fariseos se vuelve incómodo pero necesario: mucha palabra, poca verdad. El Perú no necesita salvadores de pantalla ni discursos encendidos sin sustancia. Necesita líderes conscientes de que son aves de paso, de que el poder es temporal y de que, más allá de cualquier cargo, existe una rendición de cuentas superior. Gobernar no es un privilegio, es una responsabilidad moral que exige coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Vivimos tiempos que parecen repetirse. Tiempos donde el ego, la corrupción y la indiferencia recuerdan a ciudades consumidas por su propia decadencia. Pero incluso en medio de ese panorama, aún hay esperanza si el ciudadano despierta y decide con criterio. Esta Semana Santa no solo debe ser una tradición, sino una pausa profunda para preguntarnos quiénes somos y hacia dónde vamos como nación. No basta elegir autoridades; debemos elegir valores. No basta escuchar promesas; debemos exigir coherencia. Porque el Perú no necesita más fariseos modernos, necesita verdad, valentía y responsabilidad.

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