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¡Todo está consumado!

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No es casualidad, no es torpeza, no es improvisación: es diseño. Lo que hoy vive el Perú no es una crisis  política aislada, sino la consecuencia de un entramado cuidadosamente tejido: una cofradía de intereses, un trabajo maquiavélico ejecutado con paciencia y precisión, cuyo objetivo ha sido siempre el mismo: desordenar para controlar, confundir para dominar, debilitar para repartirse el poder. El resultado es evidente: un país sumido en el hoyo más profundo de su historia política reciente, con instituciones erosionadas, liderazgos sin credibilidad y una clase dirigente divorciada de la realidad nacional. Pero mientras arriba se reparten cuotas, abajo el Perú real resiste. Ese Perú invisible, el de los informales, el del emprendedor que se levanta en la oscuridad y que no espera nada del Estado porque aprendió que el Estado no llega. Ese peruano corajudo que sostiene la economía con sus propias manos, sin discursos, sin privilegios, sin titulares. Ellos son los verdaderos arquitectos de la estabilidad económica que aún respiramos. No los ministros de turno, nombres fugaces que entran y salen dejando más dudas que resultados, pero sí dejando siempre su firma en contratos millonarios que el Estado —es decir, todos nosotros— termina pagando. Ese es el verdadero Perú: el ciudadano que hace magia en su hogar para alimentar a sus hijos, mientras observa cómo desde el poder se habla en cifras que no reflejan su realidad. Nos hablan de reservas, de estabilidad, de cifras macroeconómicas, pero nadie responde lo esencial, nadie rinde cuentas claras, nadie explica por qué seguimos dependiendo de papel, de confianza volátil, de estructuras que ya han demostrado en la historia lo frágiles que pueden ser. ¿Acaso no aprendimos nada? ¿O es que la memoria también fue parte del plan por borrar? Y en medio de este escenario, también se pretende imponer agendas que fracturan principios fundamentales de la sociedad. ¡Quiero ser clara! No se trata de odio ni de discriminación. No soy homofóbica. Pero soy una mujer de fe y creo firmemente en el orden natural de la vida: Dios creó al hombre y a la mujer. Por eso, pretender que en estas elecciones se desafíe o se distorsione esa base esencial no es un tema menor. ¡Es gravísimo! Porque cuando una sociedad pierde sus fundamentos, no solo entra en crisis política: entra en crisis moral y espiritual. ¡Hipócritas! ¡Fariseos! Se rasgan las vestiduras en público, se enfrentan ante cámaras, teatralizan conflictos, pero en las sombras operan los acuerdos, los intercambios, el “dame que te doy”. El gran ganador de este sistema, de estas elecciones de 2026, no será un líder legítimo: será el señor viciado, el producto de un mecanismo que premia la manipulación y no la representación. Y así, aunque se indignen, lloren o simulen enfrentamientos, veremos nuevamente sentados en el poder a los mismos de siempre: reciclados, disfrazados, legitimados por un sistema que ya no representa al ciudadano. La bicameralidad, vendida como solución, corre el riesgo de convertirse en el nuevo escenario del reparto. Y no nos engañemos: este modelo no está diseñado para durar. ¡No llegará sólido al quinto año! Al tercero, por una vía o por otra, el desorden será inevitable. Porque lo que nace del cálculo y no del servicio termina devorándose a sí mismo. Por eso lo digo con claridad, sin eufemismos y sin temor: ¡todo está consumado! No es fatalismo, no es resignación: es lectura política, es experiencia, es amor al prójimo. Porque advertir también es servir. He dicho.

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