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Ojos de mujer

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Años antes de tomar varios frascos de somníferos en la habitación 346 del hostal Roma de Turín, un poeta de Italia, Césare Pavese, le había escrito a la actriz norteamericana Constance Dowling, su novia imaginaria pero real, el verso más conocido de la literatura italiana contemporánea: “Verrà la morte e avrà i tuoi occhi “ “ Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Absorto, encandilado por esos ojos color de la avellana, seguramente los vio en esa tarde mientras no reparaba en la pueblerina verbena que celebraba la vida en una plaza aledaña. Los ojos son la lámpara del cuerpo, se lee en Mateo, 6,22: “La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?” Y en el Eclesiastés, 12, 3, encontramos la muy conocida alusión a los ojos como las ventanas de uno mismo: “Cuando temblarán los guardas de la casa y se encorvarán los hombres fuertes y cesarán las muelas porque han disminuido, y se oscurecerán los que miran por las ventanas…” La lámpara de Constance brillaba con ese tono cálido y versátil que combina una base castaña clara o marrón medio con sutiles reflejos dorados y cobrizos y que es del color de la avellana. Pavese la vio varias veces y se enamoró de ella. Ese color vívido y a la vez tenue, lo acompañó en su última tarde, porque ya sabía que vendría la muerte y tendría sus ojos. Césare Pavese también tenía su lámpara encendida pero ninguna de las mujeres que quiso que la vieran la vio: Tina Pizzardo, Fernanda Pivano, Bianca Garufi… y finalmente Constance Dowling. En una carta, en agosto de 1950, le dijo a Constance: “¿Puedo decirte, amor, que nunca me he despertado con una mujer a mi lado, que cuando amé nunca me tomaron en serio, y que desconozco cómo es la mirada de gratitud que una mujer le dirige a un hombre?” Aun Borges no había escrito ese verso luminoso que tal vez lo hubiera consolado: “Que la luz de tu lámpara se encienda aunque nadie la vea. Dios la Verá.” La famosa canción rusa del siglo 19, Ojos negros, dice: “Ojos ardientes y hermosos/ Cómo os amo, cómo os temo…/ ¡Oh, no en vano sois más oscuros que el abismo!/ Veo en ellos el duelo por mi alma/ Veo en ellos una llama triunfante…/Todo lo mejor que Dios me dio en la vida/¡Lo he sacrificado a su llama!”. Los ojos avellana de Constance Dowling o los negros de la cosaca que inspiró la romanza del siglo 19 son ojos de mujer. Pavese sólo quería que lo miraran con amor y no lo hicieron. Quizás a ese hecho fortuito debemos una parte sustancial de la poesía italiana contemporánea. Jorge.alania@gmail.com

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