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Madame Bovary

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27.03.2026

Mientras caminaba por una feria de libros, mi mirada se detuvo en un stand ante un ejemplar de Madame Bovary de Gustave Flaubert. Era el mismo libro que mi abuelo me regaló cuando tenía catorce años y que perdí en alguna mudanza. Allí estaba, sobre todos los demás, invitándome a leerlo. Tuve ese libro por muchos años, pero jamás lo llegué a leer porque me parecía aburrido y tedioso; nunca pasaba de la cuarta página. Tiempo después, ya en la adultez, mi amigo y maestro Miguel Rubio del Valle (a quien siempre menciono) me dijo: «Debes leer Madame Bovary, de Flaubert». Lo primero que respondí fue: «Es aburrido». Aquello desató en él una fingida indignación: —No es aburrido. Solo lees best sellers y eso no enseña nada. Madame Bovary es lo mejor que se ha escrito —sentenció mientras levantaba su bastón riendo. Recordé ese diálogo en cuanto el libro me encontró y, sin pensarlo mucho, lo compré. Unos días después, lo saqué de la mochila mientras viajaba en bus. Me forcé a pasar de la cuarta página y fue entonces cuando comencé a disfrutar de la experiencia. Cosas buenas han pasado cada vez que venzo mi naturaleza negativa, esa que me hace procrastinar cuando es urgente escribir o leer algo. Al adentrarme en la obra, pude descubrir que Emma Bovary tiene mucho de mí y de todos los inconformes del mundo. A ella la abrumaba el tedio y la rutina asfixiante de una vida sin sentido: esa de dormir, comer, defecar y repetir todo diariamente. Emma Bovary, una mujer bella e instruida para su época, no aceptaba el papel de mueble o de adorno. El hecho de estar predestinada al simple rol de ama de casa le molestaba; ser considerada un personaje de segundo plano mataba sus sueños. Ella solo deseaba emoción y un propósito más allá del destino que, para algunos, ya está escrito. Al descubrir a Emma, reconocí también a la Francia que me mostró Alejandro Dumas en Los tres mosqueteros y Veinte años después. Gustave Flaubert es tan descriptivo en su narrativa que volví a viajar por Europa mientras cruzaba una Lima caótica y agresiva en camino a Chaclacayo. Concentrado en la lectura, podía escapar del ruido para pasear por la campiña francesa e imaginar un pueblo pintoresco con sus banderas tricolores y el verde intenso de los campos europeos. Recorrí sus ferias, los salones de las casas y conocí a su gente. Leer, además, sobre el Dios de Spinoza bajo la pluma de Flaubert causó una verdadera conmoción en mis anquilosadas creencias. No quería que la trama llegara al final. Emma me tenía atrapado con sus suspiros; no deseaba soltar sus manos ni dejar de acompañarla en sus pensamientos, fábulas e impulsos materialistas. Su inconformidad era similar a la que descubrí hace años dentro de mí. Sonrío ahora que entiendo que los límites los ponemos los hombres y que las decisiones tienen consecuencias. Emma Bovary tomó las suyas y pagó por ellas. La novela gira en torno al conflicto entre la fantasía romántica y la crudeza de la realidad; muestra que una cosa son los sueños propios y otra, muy distinta, lo que sucede. Al final, la felicidad es un conjunto de buenos recuerdos, tan efímeros que, a veces, no descubrimos que ya somos felices con las cosas simples. La vida siempre nos muestra lo que necesitamos para romper con el tedio. Es una novela imprescindible.

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