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Guerra en Oriente Medio

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El día sábado 27 de febrero, Estados Unidos e Israel lanzaron un ataque conjunto —“Furia Épica” como nombre clave de la operación estadounidense y “Rugido de León” para la operación israelí— de gran magnitud contra la República Islámica de Irán, que provocó la muerte del líder supremo Alí Khamenei y de altos funcionarios de gobierno y mandos militares. Irán, como era previsible, ha respondido lanzando misiles balísticos a territorio israelí y a países de la región como Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Arabia Saudita y Bahréin, alcanzando algunas bases militares de EE. UU. en esos países. Independientemente de las críticas, este ataque fortalece al presidente Trump, quien ha demostrado que toma las decisiones y acciones necesarias en concordancia con su Estrategia de Seguridad Nacional promulgada en noviembre pasado, tal como lo hizo en Venezuela hace dos meses. Una vez más se ha demostrado el sólido vínculo entre EE. UU. e Israel, cuya alianza es indivisible y ratifica al país hebreo como el pilar y muro de contención de Occidente en Oriente Medio. El cierre del estrecho de Ormuz, por el que se transporta el 20 % de la producción mundial de petróleo crudo, será una jugada del ajedrez geopolítico que intentará Irán, pero que no tiene cómo sostener, considerando que también afectaría sus intereses y, además, comprometería seriamente el abastecimiento de petróleo a China, India, Corea y Japón. Rusia y China han condenado las acciones estadounidenses e israelíes; no obstante, sus comunicados llaman a un cese de las hostilidades y a la reanudación de la vía diplomática, pero no se comprometen con su otrora “aliado”, que en la práctica se ha quedado solo. China va a ver afectada seriamente su economía si Irán deja de venderle petróleo barato, dado que ya perdió el abastecimiento de Venezuela, lo cual va a reestructurar geopolíticamente la distribución energética. La absoluta obsolescencia de la ONU en cuanto al manejo de crisis y resolución de conflictos es evidente. Convertida en un gigante burocrático, es seguro que la solución de este último conflicto, al igual que la de la guerra ruso-ucraniana, no pasará por su Asamblea. Por otro lado, también ha quedado demostrado el poco peso específico de la Unión Europea, antiguo poderoso referente internacional. La decapitación del régimen iraní era uno de los objetivos de la operación; sin embargo, no va a cambiar la esencia de la dirigencia política y teocrática, ya que existe una fuerte institucionalidad que permitirá el reemplazo o la sucesión de los principales líderes. Esto ya lo sabe EE. UU., que trata de no repetir los errores de Irak y Afganistán. Eventualmente, Irán tendrá que negociar las condiciones que le impongan Washington y Tel Aviv, aunque uno de sus líderes haya declarado que no negociará con EE. UU., lo cual es parte de la retórica, ya que decir lo contrario sería perder la credibilidad de su propia gente. Hay que mencionar también que la cantidad de armas de las que dispone el país persa es limitada y ya no tiene capacidad de reposición. La cuestión es que, como ya ha demostrado la historia, los países musulmanes con un componente religioso muy fuerte no son compatibles con un sistema democrático, al menos no a la usanza occidental. En consecuencia, EE. UU. deberá hilar muy fino para lograr que el futuro Irán sea amistoso y proclive a la convivencia pacífica con Israel y Occidente, tal como lo establecen los “Acuerdos de Abraham”.

Por José Krebs Millares

Capitán de Navío (r) AP Director Ejecutivo del Centro de Estudios Geopolíticos y de Seguridad Nacional (CEGESEN)

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