El verbo se hizo carne
“El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, lleno de gracia y de verdad, y vimos su gloria” (Juan 1:14). El lunes 16 de marzo la Universidad Nacional Mayor de San Marcos le confirió la distinción de Doctor Honoris Causa a Víctor Raúl Haya de la Torre, Luis Alberto Sánchez Sánchez y Alfonso Barrantes Lingán. Una ceremonia académica que respetó con estricto celo todos los protocolos que, para estas actividades, se tienen diseñados hace más de un siglo; sin embargo, para los asistentes era imposible no llenarse de emoción y de pasión propia de esa religión de cartujos, de puros, mártires y perseguidos. Las distinciones empezaron con el ex alcalde de Lima, Alfonso Barrantes Lingán; asistieron sus sobrinos y su fiel camarada, Edmundo Murrugarra. José Antonio Ñique de La Puente tuvo a su cargo el discurso de orden, su colega de la izquierda, un testigo de la historia política del homenajeado. Al final, fue llamado al estrado de honor Edmundo Murrugarra, quien recibió las insignias por el homenajeado, mientras se acercaba, se encontró con Carlos Roca, un opositor de antaño, vi cómo ambos con alguna dificultad se abrazaron como dos amigos de barrio. Cuánta sabiduría y cuántos recuerdos; la imagen me conmovió. El siguiente homenajeado fue Luis Alberto Sánchez Sánchez, tres veces rector de San Marcos, con méritos académicos y políticos superlativos que parecieran la vida de diez personajes; el encargado del discurso de orden fue Carlos Roca Cáceres, el último discípulo de Haya de la Torre. Tan solo el orador se paraba de su sitio para iniciar el discurso y las palmas características empezaron a resonar en el Salón General de la Casona; en el fondo, voces invocando la inmortalidad de Sánchez y la eternidad de sus ideas. El discurso, lleno de anécdotas, de pasajes inéditos de la vida política del homenajeado; llamaron a Hugo García Salvatecci para que reciba las insignias del ex rector de San Marcos. En ese momento, los aplausos indoamericanos sobrepasaron al maestro de ceremonias, al coro y la emoción se apoderó de todos; no había en qué momento iniciar con el siguiente acto. Para el tercer homenajeado, no podría explicar las sensaciones en el recinto; pues la ceremonia era una eucaristía. El historiador Germán Peralta, el llamado a dar el discurso de orden, en algún momento se transfiguró y nos mostró la gloria casi divina de Haya de la Torre. El discurso se escuchó en total silencio, con la complicidad de los que asisten a una sesión de espiritualidad o quizás de magia; las palabras fluían entre los corazones y los leves errores, producto del éxtasis del orador, eran aplaudidos por la audiencia. En algún momento del discurso, Germán Peralta alude al Decano de Letras, Marcel Velásquez, alejado de las ideas del aprismo, un intelectual que, con su asistencia válida, desde la otra orilla, la enormidad del viejo Haya. Para la entrega de las insignias fue llamada Rocío Valencia Haya de la Torre, quien, quizás por el destino, fue de un impecable blanco; ascendió a la mesa de honor para ser bautizada en nombre de su tío abuelo como heredera y guardiana de las insignias, su legado y su nombre. En estas últimas líneas, debo destacar la generosidad de Jeri Ramón Ruffner de Vega, rectora de San Marcos, y de los directivos de la Decana de América. A ellos, por una noche, por los grados simbólicos de estos honoris causa, y, por supuesto, por Juan 1:14, se les arrogó el don espiritual de resucitar a los muertos.
Por César Borja Villanueva
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