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Cuando la IA revisa tu contrato… ¿y quién revisa a la IA?

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Muchos empresarios hoy revisan contratos con inteligencia artificial casi sin pensarlo, como cuando leen un mensaje rápido en el celular. Copian el texto, lo pegan en la herramienta y esperan una respuesta inmediata que les dé tranquilidad. Si el análisis suena técnico y bien estructurado, sienten que el contrato ya está “revisado”. Y en materia contractual, la rapidez mal usada suele terminar costando caro. El contrato se firma igual, pero sin una reflexión real sobre sus efectos. Nadie se detiene a pensar cómo esa cláusula va a operar en la práctica. Tampoco se evalúa qué pasará si la relación se tensa o el negocio no sale como se esperaba. Un contrato no existe por sí solo ni se entiende solo por lo que dice. Forma parte de una relación comercial, de una negociación previa y, muchas veces, de una decisión estratégica para la empresa. Su alcance real depende de cómo se ejecuta y del contexto en el que fue firmado. La inteligencia artificial no conoce esa historia ni tiene forma de reconstruirla, por lo que su revisión se limita a lo que está escrito en el contrato y a la forma en que se le pide que lo analice. Además, muchas condiciones se aceptan pensando en situaciones concretas que no siempre quedan reflejadas en el documento. Hay concesiones que tienen sentido solo dentro de un contexto determinado. Cuando ese contexto cambia, el contrato empieza a leerse de otra manera. Es ahí donde aparecen interpretaciones distintas y los primeros roces entre las partes. En la práctica, casi nadie vuelve al contrato cuando todo está funcionando bien. El documento suele guardarse y solo reaparece cuando surge un problema o algo no sale como ambas partes esperaban. Es en ese momento cuando cada cláusula se empieza a leer con otros ojos. Y para entonces, ya no se está previniendo un riesgo, sino tratando de apagar un incendio que ya empezó. Otro error común es pensar que revisar un contrato consiste únicamente en identificar los llamados “riesgos legales”. En la realidad, la mayoría de problemas contractuales son riesgos de negocio. Son cláusulas que afectan el flujo de caja, como la oportunidad de pago en contratos de ejecución continua, la operación diaria o la capacidad de reaccionar ante un incumplimiento, por ejemplo, los plazos impuestos por las partes para corregirlo. La inteligencia artificial, aunque a veces pueda dar esa impresión, todavía no logra medir con precisión ese impacto en la práctica. También existe el riesgo de tratar todos los contratos como si fueran iguales. En la realidad, hay contratos que forman parte del día a día, puramente operativos, necesarios para que el negocio funcione. Pero también hay otros contratos que son estratégicos y que deben mirarse con lupa antes de firmarse. La inteligencia artificial no suele hacer esa diferencia. No distingue entre un proveedor clave y uno fácilmente reemplazable. Tampoco mide el impacto que un contrato puede tener a largo plazo. Esa evaluación sí le corresponde al abogado que designe el empresario, porque no todos los contratos merecen el mismo nivel de riesgo ni la misma forma de análisis. Sin embargo, usar inteligencia artificial no es incorrecto. El problema aparece cuando se le da un rol que no le corresponde y es usada como reemplazo del criterio profesional. Hoy, la IA puede ser una buena aliada para entender un contrato, resumirlo o ayudar a formular mejores preguntas. Pero no está pensada para tomar decisiones finales ni para asumir riesgos en nombre del empresario. Queremos decir que, cuando se firma un contrato, en realidad no se firma solo un texto, se asumen consecuencias y responsabilidades que van mucho más allá de la redacción. A eso se suma que muchos empresarios no han sido capacitados ni instruidos en el uso correcto de estas herramientas. No saben cómo plantear un buen prompt, qué información dar ni qué límites tiene la respuesta que reciben. En esos casos, la revisión puede ser incompleta o, peor aún, engañosamente tranquilizadora. Esa combinación, lamentablemente, eleva el riesgo de una mala decisión. Y ese riesgo aumenta todavía más cuando la revisión no se delega a un abogado con experiencia y especializado en la materia, que entienda el contrato dentro del contexto real del negocio. Desafortunadamente, muchos empresarios descubren esto recién cuando el problema aparece. Cuando hay retrasos, sobrecostos o conflictos que nadie vio venir. En ese momento, la revisión automática ya no sirve. Lo único que importa es lo que se firmó y cómo afecta al negocio. Y ahí es donde lo ya expuesto se vuelve evidente. Probablemente un caso -ficticio- ayude a entender mejor todo esto. Carlos Tercero, gerente de ABC S.A.C., firmó un contrato de servicios logísticos con XYZ S.R.L. Antes de firmar, pasó el contrato por una herramienta de inteligencia artificial. El sistema indicó que el documento estaba bien redactado y no presentaba riesgos significativos. Confiado, Carlos firmó sin mayor revisión. Tres meses después, empezaron los problemas. El proveedor subcontrató parte del servicio a terceros sin experiencia, generando retrasos y reclamos de clientes finales. Carlos revisó el contrato y descubrió que la subcontratación estaba permitida sin límites ni controles. La IA no marcó la cláusula como riesgosa porque era legal y común. El impacto, sin embargo, fue totalmente operativo y económico. Cuando el contrato fue revisado por un abogado, la observación fue inmediata. Esa cláusula debió negociarse o condicionarse desde el inicio. Además, el contrato no estaba alineado con otros acuerdos comerciales vigentes de la empresa. El problema no fue legal, fue estratégico. Y ese error nació de una revisión sin contexto. Lamentablemente este tipo de situaciones se repite más de lo que parece. No porque la inteligencia artificial funcione mal, sino porque se le pide lo que no puede dar. Ninguna herramienta puede reemplazar el entendimiento que el empresario tiene de su negocio. Por eso, la inteligencia artificial puede servir como una herramienta de apoyo, pero no como el último filtro antes de firmar o tomar una decisión. Úsela para entender mejor el documento y ganar tiempo, no para tomar decisiones definitivas. Cuando el contrato importa de verdad, la revisión debe ser integral. Y esa revisión, con contexto y experiencia, es mejor dejarla en manos de su abogado.

Por José Carlos Pérez Rivera

Abogado Asociado Senior del Área Corporativa de Torres y Torres Lara Abogados

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