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“Todos los muertos de mi felicidad”

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20.03.2026

Hay libros que buscan conmover. Otros, incomodar. Este volumen de cuentos logra ambas cosas con una lucidez poco frecuente: irrumpe sin concesiones y deja al lector frente a una evidencia incómoda —que la felicidad, en su forma más honesta, está hecha también de pérdidas. En “Todos los muertos de mi felicidad”, Gabriel Rimachi Sialer construye un conjunto de relatos donde la vida cotidiana se ve atravesada por decisiones límite, afectos fallidos y una violencia que no siempre es visible, pero sí constante. Desde el primer cuento, el libro fija su tono: aquí no hay redención fácil, sino una exploración persistente de aquello que se rompe —en el cuerpo, en la memoria, en los vínculos. Uno de los rasgos más contundentes del libro es su apuesta por el cuerpo como territorio narrativo. Rimachi escribe desde la materia: la carne, el dolor, la vulnerabilidad. Las escenas más duras no buscan el impacto gratuito, sino revelar una verdad que el lenguaje más pulido suele evitar. A esto se suma una Lima despojada de toda idealización. La ciudad que recorre el libro no es decorado, sino agente: una Lima gris, densa, donde la precariedad y el desgaste ético configuran las trayectorias de los personajes. El estilo de Rimachi es directo, preciso, sin ornamentos innecesarios. Sin embargo, en medio de esa economía estratégica expresiva, emergen momentos de intensidad lírica que no suavizan la experiencia, sino que la profundizan. Hay una conciencia clara del ritmo y del silencio: lo que no se dice pesa tanto como lo que se muestra. En este sentido, la obra de Gabriel Rimachi Sialer se inscribe con fuerza en la literatura peruana contemporánea como parte de una generación que ha desplazado el énfasis del gran relato hacia las fisuras de lo íntimo y lo urbano. Su escritura dialoga con una tradición que no rehúye la violencia —histórica, social o personal—, pero la reconfigura desde una mirada más cercana, más corporal, más incómoda. En un escenario literario donde conviven diversas apuestas estéticas, Rimachi destaca por su capacidad de tensar lo cotidiano hasta volverlo inquietante, y por asumir el riesgo de narrar sin concesiones. Así, Todos los muertos de mi felicidad (Ciudad Librera, 2026) no solo es un libro sólido en su propuesta narrativa, sino también una muestra significativa de las preocupaciones y búsquedas de la narrativa peruana actual: la fragilidad de los vínculos, la crisis de sentido, la persistencia del deseo y la dificultad de habitar el presente. No es un libro complaciente. Es un libro necesario. Y, como todo libro honesto, deja una huella que no se disuelve con facilidad.

Por Álex Alejandro Vargas

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