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Bachelet, la bencina y el costo de gobernar. Por Kenneth Bunker

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02.04.2026

El peor escenario para Kast no es que Bachelet termine ganando la secretaría general de Naciones Unidas sin el apoyo de Chile, que es perfectamente posible. Sería incómodo, pero es manejable. El peor escenario es otro. Es que el gobierno haya absorbido todos los costos de estas semanas, los inevitables y los calculados, sin avances concretos en las áreas críticas que le permitan llegar a tiempo para sostener la recuperación.

La decisión de Kast de no respaldar la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de Naciones Unidas no debería sorprender a nadie. Pensar que Kast iba a mantener ese respaldo requería ignorar quién es, qué representa y cuál es la naturaleza de su relación con la izquierda chilena. Nadie que haya seguido la política nacional con algo de atención podía haber esperado otra cosa. Y, sin embargo, la oposición igual reaccionó como si hubiera sido traicionada.

La pregunta relevante entonces no es qué hizo Kast, sino por qué la izquierda reaccionó como si fuera una traición. El respaldo a Bachelet no era una obligación de Estado ni un compromiso institucional de Chile como país. Era una decisión política de Gabriel Boric, tomada en el contexto de su propio gobierno y su propia identidad política. Heredar esa decisión no significa estar obligado a sostenerla. Los gobiernos no heredan los compromisos simbólicos de sus predecesores, sobre todo cuando van en la dirección contraria a su propia visión.

El argumento que circuló desde la oposición fue que Kast debió mantener el respaldo por razones de continuidad diplomática y madurez institucional. Es un argumento que suena razonable, hasta que se le aplica la misma lógica en sentido inverso. La pregunta que nadie en ese sector se hizo en voz alta es si Boric hubiese respaldado a Sebastián Piñera para el mismo cargo. La respuesta es tan obvia que la pregunta casi no merece formularse, y basta recordar que en plena campaña presidencial el entonces candidato llegó a amenazarlo directamente (“los vamos a perseguir nacional e internacionalmente, señor Piñera, está avisado”).

Y, sin embargo, la crítica persistió. La idea implícita era que, si Kast hubiese mantenido el respaldo a Bachelet, la izquierda habría reconocido su gesto y moderado su oposición. Habría habido una tregua, o al menos una contención transitoria.

Pero es obvio que eso tampoco hubiese ocurrido. Ya en el primer día de gobierno, un diputado socialista decidió oficiar a Contraloría porque la Primera Dama sirvió almuerzos sin guantes. La oposición no estaba esperando un gesto. Estaba buscando una razón.

Bachelet era una buena razón para pegarle al gobierno, pero, incidentalmente, llegó una mejor.

El alza de los combustibles es esa razón. Y a diferencia de los guantes o de Bachelet, no tiene nada de artificial. No es un pretexto ni una construcción narrativa. Es un costo real que llega directo al bolsillo del ciudadano. La oposición lo sabía, Kast lo sabía, todos lo sabían. Sabían que iba a doler, sabían que iba a generar titulares y sabían que se iba a usar políticamente.

Pero, a pesar de eso, Kast siguió adelante con lo que consideró necesario. Y pagó el costo.

El cálculo es que es mejor pagar en la tercera semana de gobierno, cuando el capital político es todavía alto, que enfrentar el mismo golpe más adelante, cuando hay más en juego y menos tiempo para recuperarse.

Esto, si es cierto, abre una hipótesis que vale la pena formular. La idea es que los costos de estas semanas tienen una característica que los distingue de otros tipos de costos políticos, y es que son en gran parte debido a factores externos y cíclicos. El shock del petróleo no es permanente. Cuando el conflicto en Irán ceda o se estabilice, los precios internacionales van a bajar. La bencina va a bajar. Y cuando eso pase, la corrección fiscal que este gobierno hizo al MEPCO no solo seguirá siendo válida, sino incluso entendida o apreciada.

Claro, el rebote no está garantizado. Depende de algo que los precios del petróleo no pueden resolver solos. La ciudadanía puede tolerar los costos coyunturales si, y solo si, percibe avances en las áreas que controla directamente en su vida cotidiana. En este caso, las prioridades de la última elección (temas como seguridad o inmigración). Si en los próximos meses los indicadores vinculados a esos temas no se mueven en la dirección esperada, el gobierno llegará al momento del rebote sin el capital político necesario para capitalizarlo.

El peor escenario para Kast no es que Bachelet termine ganando la secretaría general de Naciones Unidas sin el apoyo de Chile, que es perfectamente posible. Sería incómodo, pero es manejable. El peor escenario es otro. Es que el gobierno haya absorbido todos los costos de estas semanas, los inevitables y los calculados, sin avances concretos en las áreas críticas que le permitan llegar a tiempo para sostener la recuperación.

Si el ciclo juega a su favor, si los precios bajan y la seguridad mejora y la inversión se reactiva, Kast habrá demostrado algo que la política chilena lleva años sin poder mostrar. Que es posible tomar las decisiones difíciles temprano, pagar el precio que corresponde y salir del otro lado con el gobierno todavía en pie. Si eso ocurre, el costo de estas semanas habrá sido exactamente lo que el gobierno calculó que era. Si no ocurre, nadie va a recordar el cálculo. Solo el costo.

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