Catalunya Triomfant
Para mi hermano pequeño, Martí, la entrada en la preadolescencia fue, también, la entrada en el mundo del metal. Con trece años ya llevaba la melena a la altura de las caderas y, con catorce años, quería ir a cada concierto y a cada festival que se celebrara cerca o lejos de casa. Su armario se metamorfoseó a partir de entonces: la ropa que le compraba mi madre fue abriendo paso a las camisetas negras con nombres de grupos ilegibles que se compraba él en los puestos de merchandising y en las tiendas del carrer Tallers. Como todavía era demasiado joven y no podía ir solo a muchos de los conciertos en cuestión, mis padres iban con él con mucho gusto. Y como mis padres lo acompañaban, mi hermano mayor y yo, a menudo, también lo hicimos.
Así, durante algunos años, el ocio familiar se transfiguró a raíz de la fiebre metalera de mi hermano pequeño: él y mis padres bajaron un par de años a Villena, al Leyendas del Rock. Fuimos todos juntos al Rock Fest a ver Megadeth y un sinfín de grupos que ya no recuerdo. Cuando vino Batushka a Barcelona en 2018 con Litourgiya, también estuvimos allí. Al año siguiente fuimos a la Sala Salamandra a ver a Mayhem. Cuando fuimos de viaje a Oslo, peregrinamos hasta Neseblod Records, una tienda del rollo un punto tétrica que, por todo lo que me contó Martí, asumí que ocupaba en su imaginario el lugar que en el mío debe ocupar la Mare de Déu de Montserrat. Mi hermano pequeño no tenía muchos amigos metaleros: era metalero porque le había nacido de dentro, como si la fiebre metalera lo hubiera tomado por azar y por fuerza, sin pedir permiso. Con la familia nos inventamos una especie de eslogan para resumir este sentido del deber con la música y lo........
