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Catalunya parece un gallinero

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23.06.2026

Cuando era joven no quería saber nada de la gente y de la cultura de aquí. Lo encontraba todo aburrido y previsible; poco exótico. Tenía mucha sed de novedades y quería que me sorprendieran intelectualmente. Me moría de ganas de conocer nuevas culturas y lenguas y de explorar el mundo; cuanto más lejano y exótico fuera el destino, mejor. También me hacía mucha ilusión que viniera gente de todas partes del mundo a vivir a Catalunya: me encantaba aprender nuevas lenguas analizando sus gramáticas por mi cuenta y conocer nuevas culturas (cuanto más diferentes a la mía, mejor: más intriga y tensión) y las historias que les eran inherentes. Creía que mezclar culturas aportaba más beneficios que inconvenientes, y que, cuanto más mezcladas estuvieran, mejor. Vivía en wokelandia (un concepto entonces desconocido en Catalunya). Cabe decir que eran otros tiempos (años noventa del siglo pasado, principios del 2000) y que el contexto no tenía nada que ver con el actual: todavía no conocíamos, ni intuíamos, el desdoblamiento en masculino y femenino ni habíamos visto nunca un therian —persona que se identifica con un animal y actúa como tal— por la calle.

Era del parecer que meter todas las culturas en una coctelera y agitarlas hasta que quedaran bien mezcladas nos abría la mente y nos convertía en mejores personas (más altruistas, más empáticos; en definitiva, más humanos). Que llegaríamos a un grado tan elevado de bondad y........

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