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Carta a las madres de los aviones

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07.08.2026

Te parecerá que con la vida que llevo las cosas más estresantes deberían ser otras. Pero si tuviera que hacer un ranking, viajar con niños menores de seis años estaría, sin duda, en mi top five. Sé de lo que hablo. El padre de mis hijos vivía en Italia y yo en Barcelona, así que me pasé años volando sola: primero con un bebé, después con dos, más tarde con un bebé y una criatura que ya andaba y, finalmente, con dos niños que andaban… y hacían rabietas.

Siempre cargaba una mochila llena de pañales, una muda para cuando se derramaban el zumo encima, un ordenador y un libro que no conseguía ni abrir en todo el verano. Pero me lo llevaba igualmente, porque la esperanza es lo último que se pierde. Y si, por casualidad, echaban una siesta y podía dedicarme un rato a mí, casi siempre terminaba trabajando o me dormía yo también, vencida por el agotamiento.

Todavía recuerdo el día en el que pude volar sin chupetes, sin biberones, sin mil botellas de agua, sin cochecitos, sin juguetes ni comida estratégicamente repartida para comprar una hora de paz. Fue una sensación indescriptible. De repente, las discusiones, los "me aburro", los "tengo hambre", los "tengo sed" o los eternos "¿cuándo llegamos?" me empezaron a parecer casi música celestial. Porque, aunque haya días que tus hijos te caigan mejor que otros, llega un momento en el que piensas que ese caos no se acabará nunca. Y, de repente, llega un verano en el que te subes a un tren o a un avión con ellos y........

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