¡Vaya pollo!
Es el invierno de 1956, en Seattle (Estados Unidos), Reimert Ravenport, médico del Departamento de Salud Pública, quedó muy sorprendido cuando le empezaron a llegar llamadas de otros médicos de hospitales que le comentaban que tenían pacientes con unas infecciones desconocidas. Se trataba de trabajadores, hombres jóvenes y fuertes, pero que acudían al médico con mucha fiebre y ampollas rojas y pus en manos y brazos que les causaban mucho dolor, tanto dolor que tenían que estar de baja varias semanas. Aquella situación era tan inaudita que Ravenport, uno de los primeros médicos epidemiólogos formados por los CDC (Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos), sospechó enseguida que se trataba de una infección. Pero, ¿de qué microorganismo? ¿Era una bacteria? ¿Quizás un virus? La respuesta llegó pronto: un cultivo microbiológico del líquido que supuraba de las ampollas reveló que se trataba de Staphylococcus aureus, una bacteria que puede causar infecciones graves de la piel.
La pregunta que se formuló Ravenport era: ¿de dónde salía esta bacteria? No había casos anteriores. Todos se empezaron a presentar entre el otoño y el invierno de 1956; pacientes que estaban referidos de varios médicos. ¿Cuál era la causa? Preguntando a los pacientes, vieron que todos vivían en barrios e, incluso, pueblos distintos, pero todos tenían un elemento común: su lugar de trabajo. Todos trabajaban en mataderos de aves. El pollo es uno de los alimentos más económicos y mucha gente comía pollo, que, además, es un animal que crece rápidamente y puedes alimentarlo con pienso. Los años cincuenta vieron el crecimiento de muchas granjas extensivas de pollos, donde había un abaratamiento de los costes y, por lo tanto, existían mataderos específicos para pollos. Cuando Ravenport contactó con los dueños de los mataderos para hablar de las enfermedades de la piel que afectaban a sus trabajadores, unos cuantos aceptaron hablar del tema. Eran los primeros sorprendidos porque justamente habían........
