Sentirte un extraño en tu casa
Aproveché el viaje de vuelta de Montreal para ver en el avión una película que no había visto cuando tocaba y, al acabar la proyección, no pude contener las lágrimas. El cine tiene esa magia, a menudo corrompida por tantas películas dedicadas a los superhéroes y otros personajes atiborrados de anabolizantes. Portrait de la jeune fille en feu —la vi en francés, a pesar de mi incompetencia en idiomas— me despertó una serie de emociones difíciles de explicar y cuando la imagen de Héloïse llorando se fundió en negro, tuve dos sensaciones que pueden parecer incompatibles: la de ser un imbécil por haber tardado tanto en ver la película de Céline Sciamma y la de ser un privilegiado por formar parte de una sociedad imbécil que es capaz de crear una obra magistral como aquella. Volveré a verla tantas veces como mi adicción fílmica-terapéutica lo requiera, tal como me pasa con The searchers, la película de John Ford que forma parte de las obras cinematográficas que me ayudan a aislarme de este mundo. No tengo una, ni dos, ni tres películas terapéuticas. Tengo más de treinta, o quizás cincuenta, que veo con el mismo gozo que Ferrand, el personaje que interpreta François Truffaut en La Nuit américaine. De niño, yo también soñaba con ser director de cine e iba al mercado de Sant Antoni a comprar revistas de Fotogramas viejas, pero la realidad —mi incapacidad para explicar fílmicamente mis sueños— sepultó la ficción de ser un metteur en scène y ahora soy un mero espectador y un amigo incondicional de Héloïse y Marianne.
Cuando era joven y volvía a Barcelona después de vivir........
