Guerra frente una sociedad inerme
Los sueños húmedos de Donald Trump se están cumpliendo: tiene el mundo a sus pies, está destrozando la democracia y la convivencia, alterando el Orden establecido -y no precisamente para mejorarlo-, domina, controla, mata, y logra la sumisión y hasta el aplauso de mandatarios internacionales. Trump ha sido sentenciado -insistamos- como culpable de una treintena de delitos y le han suspendido el procesamiento de los peores. Le ayuda, le orienta, le ordena, el genocida Benjamín Netanyahu, procesado también. Por corrupción. En el caos que acaban de organizar bombardeando a la brava Irán, los acompaña el príncipe descuartizador, el heredero saudí Mohamed bin Salman. El que mandó ejecutar de tan salvaje forma al periodista disidente Jamal Khashoggi. No hace mucho visitó la Casa Blanca, admitió que ese cruel asesinato había sido un error y encontró comprensión en Trump: “son cosas que pasan”, le dijo el estadounidense. Si lo sabrá él.
Este trío de seres ejemplares está tras el ataque desplegado por los ejércitos de Estados Unidos e Israel contra Irán el sábado, que crece de día en día y afecta ya a otros países de la zona, de esa zona que es un polvorín per se. Han gestado un conflicto de amplio alcance y muy graves consecuencias. De todo tipo, económicas también, y para todo el mundo. Desde alzas de precios de todo a un sin fin de problemas. De momento, el cierre del espacio aéreo ya deja en tierra más de 12.000 vuelos y casi dos millones de pasajeros. Las guerras son un mal negocio... salvo para unos pocos, que son estupendos. Y las de este tipo son frente a todos, contra todos, porque todos terminamos pagando sus efectos.
