Las comparaciones son… erróneas.
Uno de los argumentos que con más insistencia se ha venido esgrimiendo estos días para desprestigiar el recién creado Premio Aena de Narrativa, desgraciadamente no ha consistido en evaluar la calidad literaria de las obras preseleccionadas ni la capacidad del jurado para hacer una labor encomiable a la hora de elegir al ganador, la novela El buen mal, de Samanta Schweblin, sino sobre la comparativa de este nuevo galardón con el Goncourt o el Booker Prize, sin duda los dos premios comerciales más prestigiosos de Europa. ¿Cómo es posible –se argumenta– que este recién llegado reparta mucho más dinero que los dos prestigiosos premios comerciales que apenas entregan 50.000 libras en el caso del británico y unos simbólicos 10 euros en el caso del Goncourt? Desde distintos medios he venido leyendo en los últimos días sobre esta cuestión pecuniaria y comparativa de manera insistente y quizás merezca la pena hacer una reflexión ecuánime en tiempos convulsos.
A la vista de lo leído me temo que pueda darse carta de naturaleza a una creencia muy extendida; a saber, que el dinero envilece a quien noblemente lo obtiene con el producto de su trabajo, sobre todo si este es de origen cultural. ¡Un escritor! Inaudito.
