La reconfiguración de la contienda electoral
Las últimas encuestas sobre las candidaturas presidenciales muestran un cambio significativo en la dinámica electoral. No en quien lidera la intención de voto —posición que sigue ocupando Iván Cepeda—, sino en quienes disputan el segundo lugar, hoy concentrado entre Abelardo De la Espriella y Paloma Valencia.
Todo indica que, salvo un evento extraordinario, Cepeda tiene asegurado su paso a una eventual segunda vuelta. Sin embargo, el nivel de apoyo que registra —cercano al 35 %— parece insuficiente para garantizar una victoria definitiva y sugiere la existencia de un techo electoral. A diferencia de lo ocurrido con Gustavo Petro en 2022, quien logró expandir su base hacia otros sectores, Cepeda parece considerar que le basta con la izquierda tradicional, el voto de opinión, el empleo militante (burocracia) y los colectivos organizados —como grupos étnicos, indígenas y sectores LGBTI—, lo que evidencia dificultades para ampliar su coalición.
Hasta antes de las consultas interpartidistas, el debate estaba claramente estructurado en torno a los extremos ideológicos. Tanto la izquierda ortodoxa como la derecha radical proyectaban riesgos similares: una posible deriva autoritaria alimentada por liderazgos personalistas. Sin embargo, la campaña ha entrado en una nueva fase.
En primer lugar, la sensación que comienza a imponerse es que el eje de la contienda deja de ser izquierda versus derecha y pasa a ser una disputa entre radicalización —representada por Cepeda y De la Espriella— y moderación. En segundo lugar, emerge un debate de carácter institucional: de un lado, quienes defienden la continuidad del marco constitucional de 1991; del otro, quienes, desde posiciones más extremas, podrían representar riesgos de concentración del poder y de erosión democrática.
En tercer lugar, aparece una nueva tensión entre continuismo y ruptura. Mientras Cepeda representa la continuidad del actual gobierno y De la Espriella propone una ruptura frontal, Paloma Valencia introduce una alternativa distinta: un “no continuismo moderado”, que busca marcar distancia sin provocar una fractura institucional.
En cuarto lugar, las encuestas evidencian la existencia de un voto estratégico altamente móvil, cuyo principal objetivo no es la afinidad ideológica, sino la posibilidad de derrotar a Cepeda. Este electorado ha transitado por distintas candidaturas —desde Fajardo hasta De la Espriella— y hoy parece inclinarse hacia quien tenga mayores probabilidades de derrotar al petrismo en segunda vuelta.
Finalmente, se observa un cambio en la narrativa emocional de la campaña. Durante meses, el debate giró en torno al miedo: el temor a una deriva autoritaria como la venezolana o al retorno de episodios como los falsos positivos. En ese escenario, la candidatura de Valencia intenta posicionarse —algo que no han logrado otras opciones de centro— desde una emoción distinta: la esperanza. Lo que está en juego no es solo una elección presidencial, sino el tipo de política que queremos. Si una anclada en el miedo o una que busque abrir espacio a la moderación.
