Los bailes en “El Rosedal”
Recuerdo que siendo concejal de Cartagena la corporación condecoró al expresidente Turbay Ayala. Esa noche, Miguel Navas, quien era su amigo, le invitó a una cena en su residencia. Llamó la atención que a Turbay le gustara bailar y que en la primera tanda ya tenía a una caleña apercollada. Lleno de curiosidad, indagué con Marún Gossaín, me extrañaba que un político formado en el altiplano cundiboyacense y tan robusto pudiese con ritmos tan exigentes. Me recomendó leer los libros de J.J. García, en donde hallaría rica literatura sobre “El Rosedal” de Carlota Soto, una casa con salón de baile muy visitado por figuras prominentes de la política colombiana. Era un lugar de diversión, Carlota contaba con damas que atendían a los clientes y ganaban comisión por el consumo en las mesas. Como eran expertas para bailar, fueron ellas las mejores profesoras de los expresidentes Carlos y Alberto Lleras, Julio César Turbay y tantos otros dirigentes como Germán Zea y Abelardo Forero. Yo intuyo, que El Rosedal fue una universidad de la vida que congregaba a lo más granado del poder político. Carlota se enteraba de nombramientos y decisiones de gobierno con antelación, en el Rosedal tenía una sala restringida en donde para entrar debía cumplirse un especial protocolo. Cuenta J.J. que Raimundo Emiliani, Eduardo Lemaitre y Alfredo Araújo eran asiduos visitantes y personas muy apreciadas por doña Carlota. Bailaban los cartageneros cumbia y porros con soltura, Emiliani dejaba regado a Alberto Lleras, mientras Carlos Lleras pasaba dificultades para coger el paso y encontrar pareja por su baja estatura. Alberto Lleras repetía los tangos y era lo que mejor bailaba. El caso Turbay fue muy diferente. El negocio de distribución de la cerveza Andina con Abelardo Forero y J.J lo acercó más al pueblo y cuando llegó a El Rosedal ya estaba entrenado. Turbay demostraba sus dotes bailando música de la Sonora Matancera, cantando Nelson Pinedo. Siendo presidente tuvo intenciones de condecorar a sus sabias profesoras, algunas ya vencidas por los años. Marún, José Francisco Jattin y Juancho Slevi no se lo permitieron. En las noches más alegres y festejando los éxitos políticos a Turbay le hacían rueda, él, feliz, sentía que debía conservar su prestigio de excelente rumbero, gracias a la dirección de la Negra Eufemia, Blanca Barón y Carlota Soto.
A las damas de El Rosedal las recogían al amanecer sus esposos o compañeros, las reglas impuestas por doña Carlota se cumplían, por lo menos dentro del salón.
