El poder de ser buena persona
Desde niña aprendí de mis padres el valor de la cortesía, la amabilidad y el respeto. Nos enseñaron a tratar con dignidad a todos, sin distinciones de riqueza, posición o reconocimiento: desde los empleados de la casa y los trabajadores del negocio familiar hasta los clientes, conocidos y desconocidos; desde la persona más exitosa hasta quien pedía una limosna en la calle. La enseñanza era sencilla: hay que ser buena persona con todo el mundo.
Con los años comprendí que aquella lección no solo había contribuido a mi formación humana, sino que también había marcado mi vida profesional. Aprendí que los logros no dependen exclusivamente de las capacidades o los resultados de las personas, también de la confianza que inspiramos, del respeto que ofrecemos y de la manera como hacemos sentir a quienes comparten nuestro camino.
Sin embargo,........
