Por el bien del país, no elijamos corruptos ni delincuentes
Darío Echandía lo sabía. Su experiencia en la política era vasta: gobernó en Colombia en cuatro ocasiones como presidente interino.
Alguna vez sentenció: “Colombia es un país de cafres”. La expresión es dura; remite a conductas realizadas con desfachatez y a comportamientos gravemente irregulares.
Más allá de la provocación, su advertencia sigue resonando.
¿Cómo olvidar que Pablo Escobar Gaviria llegó a ser representante a la Cámara, como suplente del congresista Jairo Ortega Ramírez?, en una tendencia del Partido Liberal. E se episodio retrata una época en la que el dinero ilícito penetró sin pudor las instituciones.
Con todo, es justo reconocer que desde entonces la sociedad colombiana ha avanzado en materia de transparencia.
Hoy existe mayor vigilancia ciudadana y más herramientas en los entes de control.
De cara a las elecciones de este 8 de marzo, nuestra responsabilidad no se limita a votar por los mejores.
Al menos, debemos elegir candidatos que no tengan antecedentes penales, ni disciplinarios.
La Fundación Paz y Reconciliación, publicó recientemente el informe “Candidatos cuestionados al Congreso de la República”, concluyendo que, de los 1.078 aspirantes —solo para el Senado—, 76 presentan líos judiciales o disciplinarios.
Los partidos con mayor número de cuestionados son: el Liberal, el Conservador, La U y Cambio Radical, todos con listas abiertas.
En listas cerradas, el Centro Democrático y el Pacto Histórico también registran casos, aunque en menor proporción.
Resulta paradójico que en nuestro país, puedan aspirar personas investigadas por tráfico de influencias, corrupción,
enriquecimiento ilícito o nexos con grupos armados ilegales.
Nuestra labor, en estos momentos, es de ética pública: impedir que este tipo de aspirantes sean elegidos con nuestro voto.
No basta con que la Policía, la Fiscalía y los órganos de control garanticen una jornada limpia, tampoco es suficiente que jurados y testigos actúen con transparencia.
La democracia exige algo más profundo: ciudadanos conscientes, que voten sin presiones,
sin vender su voluntad y sin participar en prácticas indebidas.
Elegir bien, es un acto moral, antes que partidista. La democracia no se depura sola.
Si queremos dejar atrás esa cultura “cafre”, esa tolerancia pasiva, frente a irregularidades graves,
debemos asumir que el voto tiene consecuencias. Se trata de contribuir a la dignidad y buena marcha institucional.
Elegir es un acto de poder ciudadano, pero sobre todo, de responsabilidad histórica,
más aún, en estos tiempos de alta polarización. Por el bien del país, no elijamos corruptos, ni delincuentes.
Mientras Marco Rubio advertía que “había una amenaza absolutamente inminente y era que Irán sería atacado (por Israel), y creíamos que sería atacado; inmediatamente vendrían por nosotros”, en esos mismos momentos, el pueblo de Irán enterraba a más de 168 niñas brutalmente asesinadas.
Se les olvidó a Donald Trump y a Rubio que cuando uno tiene rabo de paja no se acerca a la candela.
Ahora, algunos sectores sionistas lloran, después que Irán destruyera un barrio en Tel Aviv. Parece que ya no están celebrando el genocidio ocurrido en Gaza.
¡Qué triste con mi canal Teleantioquia!
En un video internacional, se presentó una apoteósica protesta en la India, en rechazo a los ataques de Israel y Estados Unidos contra Irán. Sin embargo, este canal televisivo atribuyó esas imágenes a una gigantesca manifestación en el Líbano, Tolima, vinculándola al abogado Abelardo de la Espriella. No hay derecho.
