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Límites inesperados

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01.03.2026

Hay una confusión persistente en la política mexicana: creer que ganar una elección equivale a poseer la Constitución. Que la mayoría legislativa convierte al Ejecutivo en dueño de las reglas del juego. La historia constitucional del país, más terca que la coyuntura, muestra lo contrario. Incluso en momentos de hegemonía, cuando todo parecía alineado para reformar sin fricciones, el poder ha descubierto que la Constitución no siempre obedece, que el poder constituyente no es una extensión automática del poder político y que, a veces, ni siquiera la mayoría alcanza.

Desde el siglo XIX, México ha vivido momentos en los que la persona titular del Poder Ejecutivo, convencida de contar con el respaldo suficiente para cambiar las reglas del juego constitucional, descubre que ese respaldo no es automático ni incondicional. Son momentos raros, pero reveladores. Momentos en los que el poder constituyente se comporta como tal y no como una ventanilla de trámite.

Uno de estos casos es el de Benito Juárez. Tras la Guerra de Reforma y la intervención francesa, Juárez gobernaba con un enorme capital político y moral. La Constitución de 1857 era su obra y su bandera. Sin embargo, cuando intentó reformarla para fortalecer al Ejecutivo, no logró hacerlo. Ni siquiera con un........

© El Universal