El tiempo de cada quien
Vivimos en una época obsesionada con la velocidad. Con llegar antes, con cumplir plazos ajenos, con medir el valor de lo que hacemos según los tiempos que otros consideran razonables. Se nos olvida, con demasiada facilidad, que no todos habitamos el tiempo de la misma manera.
Hay procesos que maduran despacio y otros que arden. Hay decisiones que no admiten espera y otras que se benefician del silencio. Sin embargo, insistimos en imponer calendarios únicos, como si el ritmo de la vida pudiera estandarizarse o como si todos estuviéramos hechos para avanzar al mismo paso y hacia el mismo lugar.
Poco se habla de la intención: de ese pulso interior que insiste; que incomoda, que presiona, que a veces asusta, porque nos obliga a mirar de frente lo que realmente nos importa. La intención, aunque a veces la ignoremos, es reflejo de lucidez: nos pide revisar si ese impulso nace del sentido o del capricho, de la convicción o del miedo.
El tiempo para nosotros los mortales se transforma, se adelgaza, se llena de circunstancias imprevistas. Lo que hoy parece postergable mañana puede no tener lugar, por exceso de vida ocurriendo. El tiempo no siempre se acaba de golpe; a veces se va estrechando hasta que ya no caben muchas de las cosas a las que no les dimos un lugar o que nunca supimos priorizar.
Por eso, más que preguntarnos si es pronto o tarde para hacer algo, quizá deberíamos preguntarnos cuál es nuestro tiempo, cuál es ese momento nuestro. Si responde a nuestra verdad y no a la expectativa ajena. Si nace de una intención honesta o del miedo a quedarnos atrás.
Cada quien tiene su tiempo. No podemos vivir bajo el cronómetro de otros sin traicionarnos un poco. La intención es más importante que la velocidad, el propósito se cumple en la coherencia, no en el afán.
Es cierto que hay esfuerzos que germinan y otros que se pierden, no porque hayan sido inútiles, sino porque el mundo también tiene sus propios tiempos. Lo importante, entonces, es actuar desde la intención y no desde el pánico. Porque cuando la urgencia se vuelve ansiedad, dejamos de elegir y empezamos a correr, y en esa carrera lo primero que se extravía es el propósito.
Al final, el tiempo es el único juez que no miente. Y como no estaremos aquí para escuchar su veredicto, tal vez la tarea no sea correr detrás de él, sino ser fieles a la intención que nos mueve mientras estamos. Respetar el propio tiempo —incluso cuando no coincide con el de los demás— también es una forma de sabiduría.
