menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Biffi: el carpintero que resucitó una ciudad

10 0
latest

Sigo descubriendo a monseñor Eugenio Biffi. Cada vez que me detengo en su historia, aparece una frase que mueve, un gesto que motiva a conocerlo más. Esta vez quiero acercarme a tres momentos de su vida que dicen más sobre él que cualquier elogio póstumo.

El primero ocurrió cuando el papa León XIII lo designó obispo de Cartagena en 1880. Biffi respondió con una franqueza que desarmaba: “Su Santidad, usted me manda a resucitar un muerto”. Dicho eso, partió. Sin más argumento que su voluntad, recorrió la diócesis a caballo, confesó, predicó y construyó. Fue el mismo León XIII quien, años después, cerraría el círculo diciendo que Biffi “resucitó una diócesis que se hallaba postrada en la ignorancia”. El diagnóstico se convirtió en misión. Cartagena tiene hoy quienes hacen lo mismo: nombran la realidad con honestidad y se ponen en marcha de todas formas, sin esperar condiciones perfectas.

El segundo momento, ya como Obispo, al contemplar el estado de su presbiterio, escribió: “El obispo de Cartagena es como un pobre carpintero obligado a trabajar con hierros viejos, oxidados y dañados”. Pero lo que más me impresiona no es la imagen del carpintero: es que Biffi no buscaba mejores herramientas, buscaba personas. “Si nosotros no tuviéramos las familias que nos dan aceite para las lámparas”, escribió, “no podríamos hacer nada, y no habríamos podido casi renovar la Iglesia, que para maravilla de todos ya no se parece a la de antes”. Su mayor recurso nunca fue el presupuesto ni el personal ideal. Era el santo pueblo de Dios. Eso sigue siendo verdad hoy.

Desafío del empleo en Cartagena

El tercero es quizás el más silencioso de sus legados, pero el que más me habla. Biffi entendía que la fe, el talento y los recursos no son eficientes si no se muestran. Por eso bajó al barrio, enseñó en las escuelas, visitó las cárceles y abrió talleres para niños donde les enseñaba fotografía y carpintería. Hay una frase suya que pocas veces se cita y que merece salir del archivo: “El bien que no se comunica se pudre”. En esa sentencia breve está su filosofía entera. Y es una invitación directa a los Cartageneros de hoy: cada gesto solidario compartido, cada talento puesto al servicio del otro, es una semilla de ciudad mejor.

Tres frases, tres actitudes que siguen vivas. La audacia de asumir la realidad sin paralizarse. La sabiduría de ver en el pueblo, y no en los recursos, la verdadera fuerza. Y la generosidad de comunicar el bien, porque solo lo que se comparte transforma.

Cartagena tiene todo eso en su gente. Biffi lo vio antes que nadie, y por eso sigue siendo, casi ciento treinta años después de su muerte, un espejo en el que vale la pena mirarse.


© El Universal