La lección de 2022 que Colombia no puede repetir
Las elecciones presidenciales rara vez se pierden únicamente por falta de votos. Con frecuencia se pierden por falta de estrategia.
La elección colombiana de 2022 fue una demostración clara de ello: una mayoría electoral dividida terminó facilitando el triunfo de una minoría políticamente organizada.
En la primera vuelta presidencial del 29 de mayo de 2022, el candidato del Pacto Histórico, Gustavo Petro, obtuvo 8.542.020 votos, equivalentes al 40,3 % del total. En segundo lugar quedó Rodolfo Hernández, con 5.953.209 votos (28,2 %), mientras que Federico Gutiérrez alcanzó 5.058.010 votos (23,9 %).
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A primera vista, esos resultados parecían confirmar el ascenso político de Petro. Sin embargo, una lectura más detenida revelaba una realidad distinta: el voto contrario al proyecto político del petrismo era mayoritario en el país, pero llegó dividido.
Si se sumaban los votos obtenidos por Hernández y Gutiérrez, el resultado superaba los 11 millones de sufragios, muy por encima de los 8,5 millones obtenidos por Petro en esa primera vuelta. En otras palabras, la oposición electoral al petrismo no era minoritaria en Colombia. Lo que ocurrió fue que ese electorado estaba fragmentado entre varias candidaturas.
Ese fue el factor determinante de la elección. La dispersión del voto permitió que Petro llegara con ventaja a la segunda vuelta, mientras sus adversarios competían entre sí por el mismo electorado.
Tres semanas después, en la segunda vuelta del 19 de junio, Petro se impuso con 11,2 millones de votos frente a los 10,5 millones de Rodolfo Hernández. La diferencia final fue relativamente estrecha.
La conclusión es clara: la elección de 2022 no fue únicamente una victoria de la izquierda; también fue el resultado de la fragmentación de sus adversarios.
Esa es la lección que debería guiar el debate político de 2026. Sin embargo, el panorama que comienza a perfilarse sugiere que algunos sectores no han terminado de comprenderla.
A pocos meses de una nueva elección presidencial, el escenario vuelve a mostrar señales preocupantes de dispersión. Varias candidaturas avanzan por caminos independientes mientras el espacio político que podría representar una alternativa sigue dividido.
El riesgo es evidente: si el voto de centro y de derecha vuelve a fragmentarse, la izquierda podría llegar nuevamente con ventaja a la primera vuelta, tal como ocurrió hace cuatro años.
En política ocurre algo paradójico: cuando las mayorías no logran organizarse, terminan comportándose como minorías.
Y si Colombia no aprende la lección que dejó la elección de 2022, el país podría descubrir —demasiado tarde— que las elecciones no siempre las gana quien tiene más votos, sino quien comete menos errores estratégicos.
