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El candidato Perfecto

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02.04.2026

“Si no le gustan nuestros principios, les tenemos otros”. La frase de Groucho Marx, pronunciada en tono humorístico, deja de ser un chiste para revelar una verdad incómoda que parece ser la regla en la política moderna: los principios son flexibles, especialmente cuando hay votos en juego.

Aún es de noche en Caracas

Por definición, un principio es una base sólida, un punto de partida no negociable. Si es intercambiable según el electorado, no es un valor, es un producto.

En teoría, la política debería estar guiada por convicciones. Sin embargo, en la práctica, muchas campañas parecen funcionar más como ejercicios de mercadeo que como debates ideológicos. Y en este sentido, el cálculo electoral termina definiendo qué se dice, qué se promete y hasta qué se cree.

Por lo tanto, en esta dinámica no resulta extraño ver a un candidato defender hoy lo que combatía ayer (o viceversa). El problema de esta flexibilidad es la erosión de la confianza pública, y la política deja de verse como un espacio de debate honesto para convertirse en un espectáculo de oportunismo. Aunque, cambiar de posición no siempre es negativo. La política democrática también implica aprender, corregir y adaptarse a nuevas realidades. Pero hay una diferencia clara entre evolucionar con argumentos y mutar por conveniencia.

De hecho, para los antiguos griegos, un político incoherente era incapaz de gobernar bien, porque le faltaba lo más importante: unidad entre pensamiento, palabra y acción. Para la muestra Sócrates, que prefirió tomarse la cicuta antes que cambiar de ideas. Es más, en Colombia hemos tenido líderes políticos tan fieles a su estructura ideológica, que para poderlos silenciar tuvieron que asesinarlos.

Ahora, en política, la coherencia no es nunca absoluta, pero sí ofrece algo fundamental: previsibilidad. Porque permite a los ciudadanos saber qué esperar, qué defiende y hasta dónde está dispuesto a ceder. Por eso, el verdadero desafío no es buscar el candidato perfecto, sino encontrar un equilibrio que permita no sacrificar principios fundamentales, pero tampoco exigir pureza total que haga imposible gobernar.

Ya lo decía Voltaire: “Lo perfecto es enemigo de lo bueno”. La frase no justifica elegir a cualquier candidato, sino evitar que la exigencia idealista te impida tomar una decisión responsable. Cuando los actores políticos se aferran a posiciones rígidas esperando una solución impecable que coincida al 100% con sus valores, el resultado suele ser la parálisis. Porque en la práctica, la política se construye en escenarios complejos, con intereses diversos y decisiones que casi siempre implican concesiones.

Gobernar bien no depende de ser impecable, sino de tener criterio, límites claros y capacidad de producir mejoras concretas que lleven al país a un nivel superior.


© El Universal