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Aeronáutica de Estado

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05.04.2026

Con relación al avión Hércules que cayó en Puerto Leguízamo, el experto en seguridad aeronáutica Gustavo Petro sostiene que la causa del accidente fue la vejez de la aeronave.

LÉELA PRIMERO

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Se trata de una hipótesis afortunada. Gracias a ella, el experto, que también ocupa el cargo de primer evasor de responsabilidades de la nación, puede culpar a los gobiernos anteriores, en particular al de Iván Duque, por mantener en el aire un artefacto que él considera “una chatarra”.

De poco sirvió que el comandante de la Fuerza Aérea –me resisto a llamarla por el rimbombante nombre de Fuerza Aeroespacial que le puso este gobierno de más ruido que nueces– explicara que las edades de los aviones se miden en horas de vuelo, no en años, y que, bajo ese parámetro, al Hércules le quedaban miles de horas de servicio. Era necesario convertir la muerte de los 69 militares en una imputación a los contradictores políticos del Presidente.

Estamos en campaña, después de todo.

Según ‘El País’ de España, la Casa de Nariño habría considerado exigir la renuncia del comandante de la FAC por contradecir al mandatario al aire. El Gobierno lo niega. De ser cierto, sería grave. Pretender que la realidad fáctica de un suceso encaje a la fuerza con el dictamen del líder político es una señal inconfundible de totalitarismo. Y las implicaciones son delicadas.

Como dramatiza sobriamente la serie de HBO ‘Chernobyl’, basada en la explosión de la planta epónima, politizar los desastres profundiza sus consecuencias. La interferencia del Kremlin, que en un inicio no quiso reconocer la magnitud de la catástrofe, para no afectar la imagen de la Unión Soviética, demoró evacuaciones y otras medidas que habrían expuesto a menos personas a la mortífera radiación.

En el caso del Hércules, la presión del Presidente, que es el jefe de las Fuerzas Armadas, puede llevar a que el accidente no se investigue bien, por miedo a represalias del Gobierno, y se deriven conclusiones equivocadas, que pondrían en riesgo a otras aeronaves.

La ideologización del conocimiento es aliada de la ignorancia. Durante décadas, la URSS rechazó la teoría “burguesa” de la biología mendeliana en favor de las ideas estrafalarias de Tofim Lysenko, el agrónomo preferido de Stalin. Mientras la agricultura se disparaba en el mundo gracias a la “revolución verde”, la biología de Estado promovida por Moscú producía escasez y hambruna.

Pretender que la realidad fáctica de un suceso encaje a la fuerza con el dictamen del líder político es una señal inconfundible de totalitarismo. Y las implicaciones son delicadas

A algunos defensores del petrismo les gusta repetir que “lo técnico es político” –casi siempre para justificar el nombramiento de una persona que no cumple los requisitos para un cargo–. Pero hay realidades y restricciones, de índole económica, física, biológica, matemática, etc., que no se pueden ignorar.

El mejor ejemplo reciente está en el gas. Una consecuencia de la obstinación –supuestamente ambientalista– del Gobierno de dejar de producir este y otros hidrocarburos será que el país contamine más. Los grandes consumidores quemarán gas importado o lo reemplazarán por otras sustancias, como el carbón. En ambos casos, las emisiones de CO2 se incrementan: tanto el gas licuado importado como las sustancias sustitutas tienen mayor huella de carbono que el gas local. En otras palabras, la política de transición energética petrista, orientada por una brújula ideológica y sorda a realidades físicas y económicas, elevará la huella de carbono nacional.

Al Presidente le encantan las palabras ‘saber’ y ‘conocimiento’. Las usa con frecuencia. Pero el saber y el conocimiento florecen en libertad; no obedecen a presiones políticas o ideológicas. Escucharlo contradecir a un experto, solo para hacer quedar mal a sus rivales políticos, no es muy distinto a oír a Donald Trump negar el cambio climático a fin de promover su ideología refractaria a la razón.

THIERRY WAYS

En X: @tways

tde@thierryw.net

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