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Neruda y Asturias, manteles largos

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23.09.2026

A veces, con afán un tanto deportivo, repaso la nómina de los premios Nobel de todos los tiempos. A quienes entre ellos he leído, a cuáles de ellos no leería nunca, cuales otros no volvería a leer, y aquellos cuyos nombres no me dicen nada. Sus nombres están inscritos en las lápidas de un vasto cementerio, algunas de ellas sobresalientes, otras perdidas entre la hierba.

(Le puede interesar: El excremento del diablo).

¿Qué pasa, por ejemplo, con mi paisano centroamericano, Miguel Ángel Asturias? Cuando le concedieron el premio Nobel en 1967, las campanas de todas las iglesias de Guatemala se echaron al vuelo, y no era para menos. Y antes de hacer el viaje a Estocolmo, volvió a su país natal y fue revestido con los honores de rigor: las llaves de la ciudad que le otorgaba el municipio, diplomas de asociaciones artísticas, algún concierto de marimba.

Fue cuando lo vi por única vez en mi vida. Lo recuerdo sentado en el corredor de la casa de su hermano Marco Antonio, en el barrio Candelaria de la capital, donde se hallaba hospedado, un ídolo maya vestido de saco y corbata. Yo era un........

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