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La vergüenza tiene que cambiar de bando

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13.03.2026

Hace unos días, Gisèle Pelicot dio su primera entrevista a un medio de comunicación estadounidense desde que, en 2024, se convirtiera en un ícono de la lucha contra la violencia de género en el mayor juicio por violación de la historia de Francia. Durante una década, su exesposo, el señor Dominique Pelicot, reclutó en internet a hombres de todas las edades para que violaran a su exesposa drogada y en su propia casa. En el juicio, su exesposo y otros cincuenta hombres entre los veintidós y los setenta y un años fueron condenados por violación.

(Le puede interesar: Radicalizar el cambio).

Conocemos las imágenes del juicio y los detalles del “caso de las violaciones de Mazan” porque Gisèle decidió hacerlo público y porque su hija, Caroline Dorian, contó su propia versión de la historia en un libro que fue publicado a inicios del año pasado, Y dejé de llamarte papá, en el cual relata lo que significa cargar con el hecho de ser, al mismo tiempo, hija de la víctima e hija del agresor. En este libro, su hija afirma que también fue violada por su padre, pero, a diferencia de su madre, no tiene pruebas: “Mi madre no consigue imaginar que yo también pude haber sido víctima de mi padre”. Ahora es la propia Gisèle quien cuenta su propia historia en su libro Un himno a la vida: mi historia.

Una de las cosas que más llaman la atención en la entrevista a The New York Times es su semblante: sereno y apacible. Gisèle vivió el horror, pero pudo salir de ahí y reconstruirse, porque no tiene recuerdos de los abusos a los que fue sometida.

Describe el choque que sintió cuando la policía de Carpentras la llamó para decirle que su esposo la violaba sin que ella jamás hubiera sospechado de él. Le tomó cuatro años tomar la decisión de hacer público su juicio. Hacerlo a puerta cerrada significaba cargar ella sola la vergüenza, hubiera sido una “doble pena”; por esto, cambiar a la vergüenza de bando implicaba hacerlo público. Gisèle cuenta que el 2 de septiembre de 2024, cuando llegó por primera vez a la sala del tribunal de Aviñón, nadie sabía lo que iba a pasar.

Gisèle se ha mantenido erguida a pesar del horror: ese ha sido su triunfo y el de todas nosotras.

Allí estaban los cuarenta y cinco abogados de la defensa y los cincuenta y un acusados. El presidente de la Corte entró y le dijo a la prensa que saliera, porque el juicio se iba a realizar a puerta cerrada. Los dos abogados de Gisèle se pararon y dijeron: “Señor presidente, nuestra clienta se ha opuesto a que sea un juicio a puerta cerrada”. En ese momento, Gisèle vio las caras de terror de la defensa, quienes nunca se imaginaron que ella se atrevería a soportar la presión mediática del juicio.

No solo la presión mediática, también las miradas de sus violadores, quienes declaraban su inocencia y el haber sido engañados por el señor Pelicot. Junto a ellos, los testimonios de sus esposas, quienes decían que ellos serían incapaces de hacer algo así. Lo afirmaban sin importar la gran cantidad de imágenes y de videos que demostraban lo contrario. ¿Ahora entienden por qué es tan difícil denunciar cuando no hay pruebas?

Y eso lo reconoce Gisèle; ella siempre se pone en el lugar de otras víctimas: dice no imaginar lo que pueden estar atravesando las víctimas que no solo recuerdan los abusos, sino que no tienen pruebas, y por esto su palabra no vale. Cuando las mujeres tienen memoria, pero cierran sus casos por falta de pruebas es mucho más difícil reconstruirse, afirma Gisèle.

Reconoce que las mujeres que la esperaban todos los días a la entrada del tribunal y las cartas que le llegaban desde todos los lugares del mundo dándole las gracias por su coraje la impulsaban a seguir adelante. Su proceso ha sido una manera de hacer justicia y de permitir que otras mujeres alcemos nuestra voz.

Gisèle se ha mantenido erguida a pesar del horror: ese ha sido su triunfo y el de todas nosotras.

(Lea todas las columnas de Sara Tufano en EL TIEMPO, aquí)


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