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A todo sí, Francisco

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Hay personas que uno no quisiera que se fueran nunca, que fueran parte permanente de la vida. Todos pasamos, la vida es tránsito, pero cuando el afecto es hondo hay presencias que no se van. Permanecen en lo que somos, en lo que defendemos, en la manera como elegimos vivir. Francisco Piedrahíta fue –y es– para mí una de esas presencias.

Lo conocí en la Casa de Nariño en 2009. Yo entraba mientras él salía de la posesión de su hijo Esteban como director de Planeación Nacional. En las escaleras, junto a Claudia, su esposa, se acercaron con una efusividad y un cariño que nunca olvidé. Tiempo después lo llamé para pedir apoyo de la Universidad Icesi a un proyecto con una red de mujeres del Pacífico, en condiciones de desplazamiento, que querían consolidar emprendimientos culturales sostenibles. Teníamos pocos recursos. Francisco dijo que sí, sin cálculos ni dilaciones.

Al final de mi periodo como ministra, antes de irme a estudiar a EE. UU., me invitó como oradora a una ceremonia de grados. En la mesa principal le dije que Icesi no era suficientemente diversa; que las universidades debían ser verdaderamente universales, más aún en una ciudad como Cali, mitad negra y profundamente pacífica. Escuchó con serenidad y respondió: “Hagamos cosas juntos cuando regreses. Te espero”. Confieso que mis prejuicios iniciales me traicionaron. Pensé que era un hombre tradicional de la élite caleña, distante de las luchas por la equidad racial. Qué equivocada estaba. Durante quince años encontré en él un aliado coherente y decidido para Manos Visibles. Sin discursos grandilocuentes, solo práctica. “¿Qué hay que hacer?”, repetía.

Cuando regresé al país y le conté que había conseguido apenas la mitad de una donación para un fondo de becas de pregrado, aceptó que Icesi aportara el resto. Después vinieron el fondo de posgrado, el Centro de Estudios Afrodiaspóricos, hoy referente en América Latina, la formación de docentes en el Pacífico y así se sumaban las apuestas de servicio por el Pacífico y por el país. Sin estridencias, con hechos. La universidad se volvió más universal y cientos de jóvenes, desde sus múltiples diversidades, encontraron allí no solo acceso, sino pertenencia. Una cabeza brillante, guiada por un corazón comprometido, creando condiciones reales para la integración social.

El legado de Francisco no se mide por los cargos que ocupó, sino por la humanidad que imprimió a su gestión. No era solo decir “sí”; era comprometerse hasta que los sueños tomaran forma, con una ternura acogedora y un pragmatismo que hacía avanzar, como buen ingeniero y gerente. Soñaba ejecutando.

En la vida permanece lo que se ama, lo que se sirve, lo que se goza. Francisco ha hecho todo eso y más. Nos ha dejado impregnados de su bondad, de su alegría serena, de su manera silenciosa y efectiva de hacer. Guardo sus abrazos hondos, sus mensajes sobre mis columnas dominicales, las conversaciones francas, la risa compartida, su generosidad sin espectáculo.

Cuando murió mi hermana, me llamó: “Nos enteramos. Te abrazamos, Paula, aquí estamos”. Y Claudia y él han estado, consintiendo, acompañando, celebrando cada logro, presentes en lo esencial. Siempre han estado y van a estar.

En la vida permanece lo que se ama, lo que se sirve, lo que se goza. Francisco ha hecho todo eso y más. Nos ha dejado impregnados de su bondad, de su alegría serena, de su manera silenciosa y efectiva de hacer

Ojalá llegar a la madurez como Francisco: viviendo con plenitud, amando sin reservas, siendo aventurero, contemplando la naturaleza, recorriendo el mundo y regresando siempre a Cali, su gran amor. Ojalá vivir diciendo sí a lo que edifica, a lo que ensancha la dignidad, a lo que al partir se convierte en legado.

El año pasado, la última vez que nos vimos, en los quince años de Manos Visibles, le dije gracias: por creer, por apostar, por incomodarte, por abrir espacios, por hacer de una universidad una plataforma para la equidad. A nivel personal, gracias, desde el corazón, por disfrutarnos.

Qué bello es celebrar tu presencia y tu legado, Francisco. Ese que nos recuerda que decir sí –a lo justo, a lo bueno, a lo profundamente humano– es, al final, la forma más alta de trascender.

PAULA MORENO

(Lea todas las columnas de Paula Moreno en EL TIEMPO aquí)


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