¿Qué es más grave?
Para escoger, bajo la perpetua tormenta colombiana entre lo grave, lo más grave y lo peor, conectarlo al interés general y presentar entre rayos y centellas, un análisis que sirva al lector de este diario, tenga sentido y busque construir, al columnista le toca asumir actitud de pararrayos, recibirlos, escoger, y aunque escoger sea siempre prescindir, siempre vale la pena intentarlo.
(Le puede interesar: Cuéntenos, señor Cepeda).
¿Qué es más grave? ¿Que el presidente diga que salir con un megáfono a arengar en Nueva York a las tropas para que no obedezcan a su presidente es parte de sus funciones, o que, incluido en la Ofac, destine billones para su defensa, alegando ejercicio del cargo, si por menos se señala a opositores de sedición o rebelión y, en todo caso, sea imposible dilucidar cómo algo así representa al país en territorio de una nación amiga y aliada, como los EE. UU.? ¿O que haya sido una acción motu proprio, millas afuera de la línea del decoro presidencial y la diplomacia?
¿Pero qué es peor? ¿Que la acusación que lo llevó a la Ofac sea atribuible a sus funciones o que quizás en su visita le hubiera desvelado el Gobierno de ese país que las causas estarían en varios puntos y que ninguno obedezca a funciones presidenciales y, aun así, Colombia pague su defensa?
Lo peor es que siga la vida en el subterfugio de la historia individual, ajena a la colectiva, y se marche así a las urnas. Como ranas cocinándose en agua caliente.
¿Es más grave que los sicarios de Miguel Uribe sean condenados y la tribuna celebre ya la justicia, o que ese aplauso sepulte la urgencia de desvelar a los autores intelectuales? ¿O que el atroz homicidio de Gustavo Aponte y su escolta aún no produzca capturas? ¿Y qué es peor? ¿Este hecho repugnante, o lo que implica a la luz del análisis de la migración del conflicto rural a urbano, que sigo desde los 90, cuando ‘Tirofijo’ le dejó la silla vacía a Pastrana, la guerrilla dio curso a la visión de J. Bateman, afín con la entrada de los barbudos de Fidel a La Habana en el en el 59, rodeados y apoyados por un pueblo solidario con la causa, que acá no sucedió y se optó por infiltrar células guerrilleras urbanas, que las FF. MM. desmantelaron, neutralizando así la estrategia del frente 59 de aislar a Bogotá, volando con sombreros chinos el puente del Sisga, un puente en la vía de Apulo, etc.?
Si los autores intelectuales de este homicidio son disidencias, o un movimiento delincuencial rural, esto confirmaría la existencia de al menos un brazo armado en el casco urbano de Bogotá, manejado por círculos narcoguerrilleros, extorsionistas, secuestradores, el “club” de la delincuencia de alto impacto, y un retroceso a la inseguridad de los 90; quizás ligada a la pérdida que trae pasar a calificar servicios a oficiales cuya experiencia sumada pasa los dos milenios.
La tormenta no amaina. EL TIEMPO reveló esta semana que de todas las nacionalidades que combaten en Ucrania, la más recurrente es la colombiana, cinco a uno respecto a soldados norteamericanos, que van todos a morir en guerra ajena, consecuencia, según el estudio fuente del reporte, de no activar la ley de veteranos, vigente desde el 2019, ni acudir a canales diplomáticos para construir una vía interinstitucional que permita, al menos, reincorporarlos a otras alternativas, de modo que no se vayan, pero que si vuelven, no lleguen a trincheras ilegales o al hambre, porque no puedan sobrevivir con sus pensiones. Los veteranos buscan, al precio de su propia vida, dejar algo a su familia, mayor de lo que en vida podrían construirles. ¡Qué dolor! Hay nobleza en ese acto suicida, pero gran oprobio en sus causas.
Y lo peor, que quizás nada de esto sea lo más grave, y lo sea el que el país permita que le muevan los límites del asombro y la reacción ante hechos insólitos e inaceptables, hasta serle paisaje indiferente, y siga la vida en el subterfugio de la historia individual, ajena a la colectiva, y se marche así a las urnas. Como ranas cocinándose en agua caliente.
P. S. Igual, ¡todos a votar!
(Lea todas las columnas de Mauricio Lloreda en EL TIEMPO, aquí)
