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Lo que no queremos ver

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Somos un país de más de cincuenta millones de personas que habitamos el mismo territorio, pero no necesariamente la misma nación. Cada quien vive en su propio relato, en su propia burbuja emocional, simbólica y geográfica. Y desde allí aprendimos a mirar solo una cara de la moneda, como si la otra no existiera.

(Le puede interesar: El poder del relato (y sus trampas)).

No es casual. El cerebro humano tiende a aferrarse a lo que confirma sus creencias y a evitar lo que las incomoda. Así se construyen nuestras zonas ciegas.

Uno de los puntos ciegos del relato de la izquierda está en su dificultad para confrontar ciertos resultados. Modelos que inspiraron su pensamiento terminaron –en la práctica– en crisis profundas, como ocurrió en Cuba y Venezuela. En ambos casos, hay un patrón difícil de ignorar: economías estancadas, empobrecimiento progresivo, restricción de libertades individuales, instituciones debilitadas, deterioro de servicios básicos y migración masiva. Desestiman la tensión de fondo que existe entre el control estatal y la capacidad real de generar bienestar sostenible.

A esto se suma una lectura selectiva de la violencia: condenan unas y omiten otras. Condenan –con razón– los abusos del Estado y del paramilitarismo, pero omiten las violencias cometidas por las guerrillas y sus disidencias. Y cuando el dolor se narra de manera parcial, la comprensión del conflicto se distorsiona.

La izquierda ha puesto en el centro de la narrativa la lucha, la reivindicación y la conquista de derechos. Pero cuando ese relato se ancla en la identidad de víctima, corre el riesgo de convertir la política en un ejercicio de señalamiento permanente: alguien a quien culpar.

Colombia no está atrapada entre dos extremos. Está atrapada entre dos formas incompletas de ver la realidad.

La derecha también tiene sus puntos ciegos. Con frecuencia, le cuesta trabajo ver la humanidad del otro, comprender las realidades y los dolores de los demás. Entender que no todos partimos del mismo lugar, que hay trayectorias marcadas por desventajas estructurales y que la meritocracia –aunque valiosa– no alcanza por sí sola a explicar los resultados de la vida.

Reconocen, con razón, los avances del país en materia económica e institucional. Pero subestiman la deuda social aún presente y la necesidad imperante de cerrar brechas y de ampliar oportunidades. No alcanzan a comprender la magnitud del cambio en las expectativas de los distintos grupos sociales y sus justos reclamos de equidad e inclusión, que, en realidad, más que una opción ideológica, son una realidad histórica en marcha.

No son conscientes de que las dimensiones material y relacional no han avanzado al ritmo que se requiere. Persisten inequidades profundas, estigmas históricos y desconfianza. Seguimos habitando fronteras invisibles: barrios que no se cruzan, historias que no dialogan, realidades que no se conocen ni se reconocen. Les cuesta entender que convivir no equivale a tejer un “nosotros”. Que la cohesión social no es un subproducto automático del crecimiento y la seguridad: es una tarea deliberada de tejer vínculos, construir confianza y crear un sentido compartido de comunidad.

Al final, el problema no es que pensemos distinto. Es que cada uno ha decidido mirar solo una parte de la realidad. La izquierda mira las heridas y pone en el centro la dignidad, pero a veces olvida los límites y descuida la seguridad y la estabilidad macroeconómica. La derecha defiende el orden, la seguridad y el crecimiento, pero a veces ignora las fracturas y la profundidad de la deuda social.

Colombia no está atrapada entre dos extremos. Está atrapada entre dos formas incompletas de ver la realidad. Y un país que no se mira completo difícilmente puede construirse como un todo.

Nuestros límites no se definen por lo que vemos, sino por lo que decidimos no ver.

(Lea todas las columnas de Juliana Mejía en EL TIEMPO, aquí)


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