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El discurso del rey

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El rey de Inglaterra (bueno del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte y cabeza de la Mancomunidad de Naciones) está de visita en los Estados Unidos y gracias a las maravillas de internet y las redes sociales se pueden oír y leer, en tiempo real, o cuando uno quiera, los magníficos discursos que ha pronunciado allí con tal gracia y tal elocuencia que más parece un comediante de su país, famoso entre otras cosas por el humor, que su monarca.

(Le puede interesar: Las monjas de Goldstein).

Anoche, en la cena de gala que le ofreció Donald Trump, Carlos fue hilando con elegancia, con voz de viejo locutor de la BBC, chiste tras chiste y gracejo tras gracejo mientras la concurrencia se carcajeaba y él apenas esbozaba una sonrisa, incluso cuando le recordó a Trump en la cara su frase reciente de que de no ser por los Estados Unidos toda Europa estaría hablando alemán, pero le dijo el rey: “De no ser por nosotros, ustedes hablarían francés…”.

El célebre “humor británico” tiene esa condición inasible, inexplicable, irrepetible, insuperable, única, pues todo allí está en su lugar, dosificado con perfección: la ironía, el desplante, la solemnidad, la erudición, la levedad, la profundidad. Sin estridencia, sin sobreactuación, sin aspavientos: un rey puede hablar como un jayán y viceversa, no en vano los pedestales de esa isla están llenos de piratas que son también héroes nacionales.

Pero lo mejor de la visita de Carlos III a Estados Unidos, lo que sí tiene una verdadera dimensión histórica, creo yo, fue su discurso ayer también, antes de la cena de gala, ante el Congreso Americano. La escena nomás de su entrada al recinto de la Cámara de Representantes, en el ala sur del Capitolio, fue un tratado de sociología para diferenciar el talante anglosajón a ambos lados del mar: los congresistas gritaban y aplaudían, el rey apenas asentía.

Es la foto de nuestro tiempo: el Rey de Inglaterra y el Papa de Roma –oh– son los últimos voceros de la sensatez.

Un amigo me hizo caer en cuenta de algo: en Inglaterra, el Rey tiene prohibido, desde el siglo XVII, entrar a la Cámara de los Comunes, mientras que en Estados Unidos, un antiguo dominio ya perdido, no solo entra al Congreso sino que lo ovacionan, y en este caso no era para menos: con su tono flemático y quedo, con su sarcasmo a flor de piel (citó la frase de Wilde: “con los americanos tenemos todo en común menos la lengua”), Carlos dio una gran lección política.

Fue impresionante verlo porque escogió con maestría cada palabra y cada símbolo y en el fondo hizo una reivindicación, como se han dado pocas en nuestro tiempo, tan urgido de ellas, del Estado de derecho y el orden constitucional, de la importancia de contener el ímpetu de toda tiranía. Lo dijo el rey de Inglaterra hablándole, en un sentido histórico muy profundo, a ese congreso que de alguna manera lo destronó a él, a sus antepasados.

Esa fue la parte más brillante del discurso de Carlos: cómo invocó toda la historia constitucional británica, desde la Carta Magna, para justificar incluso la independencia de las colonias inglesas en Norteamérica, cuya causa reconoció no solo como justa (una congresista gritó de felicidad) sino también inevitable y necesaria: esa es la verdadera razón de ser, dijo, de la famosa “relación especial” entre los Estados Unidos y el Reino Unido, ahí está todo.

Sí: también habló de la Otán y de Ucrania, de los tiempos horribles que, como todo el mundo en todas las épocas, estamos viviendo. El hermano de una de las víctimas de Jeffrey Epstein señaló, con razón, que no hubo ni un solo gesto de compasión hacia ellas, pero eso ya era pedir lo imposible. Lo importante fue el mensaje de fondo del rey: su defensa de la democracia, su llamado a defender la división de poderes y la libertad.

Es la foto de nuestro tiempo: el Rey de Inglaterra y el Papa de Roma –oh– son los últimos voceros de la sensatez.

www.juanestebanconstain.com

(Lea todas las columnas de Juan Esteban Constaín en EL TIEMPO, aquí)


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