Una lógica perversa
La guerra en Medio Oriente sigue su curso imparable y cruento. Frente a ella, no todo el mundo acepta la explicación según la cual Estados Unidos atacó a Irán por el relanzamiento de su programa de armas nucleares. El año pasado, la Casa Blanca había afirmado que los ataques contra instalaciones nucleares en Fordow, Natanz e Isfahán –así como el asesinato de una decena de científicos nucleares iraníes, atribuido a Israel– habían diezmado su capacidad de desarrollar un arma nuclear en el mediano plazo. Sean cuales sean las razones de esta nueva campaña bélica, un conflicto prolongado allí, paradójicamente lo que hace es agravar el riesgo de desbordamiento nuclear.
Entre los países que participan en esta guerra no solo EE. UU. posee armas de este tipo. También Israel cuenta con ellas. Rusia y China, por su parte, dos potencias nucleares que, por ahora, no forman parte de las hostilidades, mantienen vínculos estrechos con Teherán. “Cualquier acontecimiento” podría desencadenar una Tercera Guerra Mundial, advirtió el expresidente ruso Dmitri Medvédev, actual vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia. Y no muy lejos de Irán, otro foco de tensión involucra a Afganistán y Pakistán, este último también dotado de armas nucleares.
Desde la Guerra Fría, el mundo comprendió que la posesión de estas armas engendra una lógica perversa. Una vez un país las adquiere, la única forma de disuadirlo de utilizarlas parece ser armándose de manera recíproca. Ese razonamiento, tan peligroso como implacable, llevó esta semana al presidente de Francia, Emmanuel Macron, a afirmar: “Para ser libre hay que ser temido. Y para ser temido hay que ser poderoso”. No será una frase para la historia, pero refleja una dura realidad. Al tiempo, Macron anunciaba la expansión del arsenal nuclear francés y la decisión de abstenerse de compartir información sobre él con otros países.
El bombardeo de un colegio, que dejó decenas de víctimas mortales, la mayoría niñas, es un hecho que debe ser aclarado, como pide la ONU.
De escalada en escalada, el resultado es la proliferación sin control. Para evitarla, se firmaron diversos tratados internacionales durante el último medio siglo. Pero el más reciente, el New Start, venció hace un mes.
En síntesis, tras décadas de contención tensa pero efectiva, la amenaza nuclear vuelve a proyectarse sobre el planeta, en un contexto marcado por el reordenamiento geopolítico y por guerras no frías, sino calientes. Conflictos cuya letalidad puede incrementarse con el uso de nuevas tecnologías, como los drones y la inteligencia artificial.
Es indispensable, por tanto, elevar un llamado a los dirigentes de las potencias mundiales para que ejerzan la máxima prudencia y sensatez. En menos de una semana, el conflicto en Irán acumula más de 1.000 muertos, de acuerdo con registros iniciales que, con seguridad, aumentarán. Entre ellos, según Teherán, hay 165 víctimas mortales, la mayoría de ellas niñas, en un colegio que fue bombardeado. Un acto que ha conmovido al mundo.
La responsabilidad por este impresionante hecho debe aclararse, como han exigido las Naciones Unidas. En una guerra, no siempre es fácil establecer la verdad. Pero algo que no admite dudas es que una escalada nuclear multiplicaría estas cifras más allá de lo imaginable. Ese es un escenario que debe evitarse a toda costa.
