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Suspenso global

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02.03.2026

El bombardeo que provocó la muerte del líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, y un par de centenares de personas más, tras una operación militar de Estados Unidos e Israel, el sábado pasado, ha dejado a la comunidad internacional en vilo. Esta no es una acción menor. Supone la eliminación directa de la cabeza de un Estado soberano y abre no solo un tenebroso frente de guerra, sino un debate de fondo sobre la fragilidad del derecho internacional y la eficacia de esta estrategia por la que ambos países han optado, con el argumento de que es para frenar las amenazas nucleares de Teherán.

Hay que decir que el régimen iraní venía mostrando, una vez más, su rostro más cruel. La represión reciente contra miles de ciudadanos –con más de seis mil muertos– que reclamaban en las calles libertades básicas confirmó el carácter opresor de un modelo que, desde 1979, ha restringido derechos y cerrado cualquier posibilidad de alternancia real. Y las conversaciones nucleares entre Washington y el régimen no dieron luz verde. Esa es la realidad. Pero lo anterior no obsta para preguntarse si la vía escogida era la más adecuada para una transición que no daba espera.

El escenario que ahora se abre es de insospechadas consecuencias. No es claro que la desaparición de Jamenei conduzca automáticamente a un cambio de régimen. Las estructuras de poder, en especial los sectores más duros, pueden optar por replegarse y radicalizarse. Tampoco está garantizado que la oposición interna, fragmentada y duramente golpeada, logre articular una alternativa en medio del caos. La historia reciente demuestra que las intervenciones externas con frecuencia producen efectos colaterales de largo alcance, algo seguro si el siguiente paso de Trump y Netanyahu es un ataque terrestre. Lo deseable, o ideal, es que ahora se abra camino un régimen democrático y dispuesto a sentarse a la mesa para negociar el futuro del programa nuclear.

Mientras tanto, el impacto del ataque tiene en vilo al mundo. Huelga decir que Oriente Próximo sigue siendo un polvorín. Las tensiones entre potencias regionales, el riesgo de represalias indirectas y la expansión de acciones terroristas o conflictos abiertos despiertan temor en todo el planeta. La reciente guerra declarada por Pakistán contra Afganistán es otro recordatorio de que el mapa global se está llenando de frentes simultáneos. Así las cosas, hay un escalamiento que erosiona el sistema internacional y debilita los ya frágiles consensos multilaterales.

Lo deseable es que ahora se abra camino un régimen democrático y dispuesto a negociar el futuro del programa nuclear

La pregunta central es si la comunidad internacional puede resignarse a que la fuerza sea la respuesta predominante. Persistir en salidas diplomáticas, reconstruir un multilateralismo eficaz y apostar por mecanismos verificables que reduzcan riesgos es una necesidad apremiante en la que hay que insistir, aun a riesgo de señalamientos de ingenuidad.

Hoy, el futuro de Irán y sus vecinos es incierto. Pero el deseo legítimo de millones de iraníes de vivir en libertad no puede quedar atrapado entre la represión interna y la lógica de la guerra externa. Trabajar por un horizonte distinto es imperativo. Por lo pronto, el reto es no normalizar otro conflicto que, de desbordarse, podría tener consecuencias impredecibles en toda la región y en el mundo.

EDITORIAL

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