Lecciones de México
México acaba de dar el golpe más fuerte al narcotráfico en muchos años con la muerte, el domingo pasado, de Nemesio Oseguera Cervantes, alias el Mencho, jefe del cartel Jalisco Nueva Generación. Pero lo ocurrido después –más de 60 muertos, centenares de bloqueos, ataques coordinados con armas de guerra y ciudades paralizadas– es un recordatorio del riesgo de haber dejado crecer durante demasiado tiempo a organizaciones criminales que hoy desafían de frente al Estado.
La magnitud de la reacción violenta tras el operativo en el que cayeron el capo y varios de sus secuaces evidencia el poder acumulado por las organizaciones mafiosas mexicanas. Se trata de estructuras con miles de hombres armados, control territorial, redes financieras globales y capacidad, por ejemplo, de usar lanzacohetes contra helicópteros militares. Que una organización criminal pueda paralizar durante horas varias regiones de un país como México demuestra que el problema no se gestó en un día ni, por desgracia, se resolverá con un solo golpe, por mayor que sea el valor estratégico de este.
Aquí hay que aludir a la política de “abrazos, no balazos” impulsada por Andrés Manuel López Obrador, el antecesor de la presidenta Cristina Sheinbaum. Esa política partía de una premisa comprensible, como atender las causas sociales de la violencia. Pero salió mal. Los carteles abusaron y se expandieron. Mientras el Estado evitaba el choque frontal, los grupos criminales se fortalecían, reclutaban, diversificaban sus economías ilícitas y corrompían funcionarios. Un ejemplo claro de cómo la inacción o la tibieza frente a organizaciones de esta envergadura termina otorgándoles una ventaja desproporcionada.
La caída del ‘Mencho’ marca un giro. Frente
a enemigos de este tamaño, el sometimiento bajo la fuerza legítima del Estado es la única opción.
El operativo contra el ‘Mencho’ marca un giro. Es la demostración de que, frente a enemigos de este tamaño, el sometimiento bajo la fuerza legítima del Estado no es un capricho ideológico, sino una necesidad y un deber del Estado. Sin embargo, la muerte de un capo así puede abrir guerras internas, fragmentaciones violentas y nuevos focos de conflicto si no va acompañada de inteligencia financiera, desmantelamiento de redes y control efectivo del territorio.
Estamos, pues, ante una lección para Colombia: cuando el Estado envía señales de debilidad o de indulgencia, los delincuentes las interpretan como oportunidad. Y existe, además, un factor que no puede ignorarse. El crecimiento desbordado de los carteles ubica a los países en una posición de vulnerabilidad frente a Estados Unidos, que ejerce presión política y amenaza, incluso, con intervenciones unilaterales cuando percibe falta de resultados. La cooperación es necesaria, pero el margen de maniobra se reduce cuando se ha dejado crecer el problema hasta niveles incontrolables.
La lectura es clara. Las organizaciones criminales no se desmontan con discursos. Requieren determinación, coordinación institucional y ejercicio firme del monopolio de la fuerza. Postergar decisiones difíciles por cálculos políticos o ingenuidad estratégica solo agrava el desafío. México ha dado un paso decisivo, pero el verdadero reto está en que logre impedir que la caída del ‘Mencho’ detone una nueva espiral de violencia. Un desafío colosal, que ojalá México sepa enfrentar y superar.
