Los padres secretos
Opinión Los padres secretos
A mucha gente nacida en los sesenta y los setenta nos engendró (lo de “nos crió” va por barrios) un hombre con una doble vida. A veces en los ingredientes del guiso encontramos (o no) más o menos trauma de la Guerra Civil. Un alcoholismo más o menos funcional. A veces ni lo uno ni lo otro. A veces las dos cosas. Pero el guiso final sigue siendo una doble vida. Un personaje de la puerta para fuera y otro completamente distinto de la puerta para dentro. De la puerta de casa, digo.
La entrada en casa al volver del trabajo del padre, la autoridad suprema, alteraba (mucho y para mal) toda actividad que tuviera lugar en ese momento. Silencio en la sala. Ni gritos ni carreras. La radio bajita o apagada. Ha vuelto a casa el jefe de todo esto y viene del mundo exterior como viene siempre: agotado. Casi la totalidad de estos hombres habían crecido bajo la influencia de adultos bastante proclives al castigo físico y eran bien pocos los que no lo practicaban con sus descendientes ellos también. Pero no todos. Lo que sin duda tenían en común estos hombres era que a su casa volvían a disfrutar de mandar. Mandar porque sí, sin mover un dedo. Ya había otras manos ejecutoras que impusieran su autoridad llegado el caso. Él a lo suyo. La ausencia presente, la presencia ausente. A estar pero no estar. Esa normalidad.
Muchos, muchos de aquellos hombres aparecen en la foto mental de sus descendientes sentados en ese sillón en el que nadie más se sentaba. Posiblemente con un mejor ángulo para ver la tele, forzado en muchos casos a tal efecto, cuando podría haberse configurado mucho mejor para que se viera bien desde toda la habitación. Esas salas de estar que pasaron a ser presididas por........
