De lo del Sónar o la topología de la impotencia
Opinión De lo del Sónar o la topología de la impotencia
Hace un año ya de “lo del Sónar”, y aunque la polémica parece haberse diluido, casi no es necesario hacer un resumen de la situación: la adquisición de Superstruct Entertainment (un conglomerado propietario de buena parte de los festivales de música de España) por parte de KKR (un fondo de inversión proisraelí con intereses militares e inmobiliarios en territorio palestino ocupado) desencadenó una fuerte respuesta social y un boicot por parte de artistas y público, manchando, quizá para siempre, el estatus de un festival que había estado a la vanguardia de la música. El momento sacó a la palestra importantes cuestiones sobre cómo debían diversos actores (artistas, público e instituciones) enfrentarse a un contexto de financiarización de la cultura, de cuáles eran las responsabilidades éticas de cada uno, y lo más importante, de qué tipo de agencia disponíamos para cambiar la situación.
A una persona de mi entorno cercano le ofrecieron actuar en el Sónar de este año. Durante semanas, esta propuesta fáustica monopolizaba las conversaciones, que gravitaban inexorablemente hacia un agujero negro del que parecía no haber escapatoria: un lugar similar a un purgatorio, en el que se valoraban pecados, virtudes, y por supuesto, beneficios.
Presenciar (y participar de) esas conversaciones resultó para mí un observatorio privilegiado de algunas dinámicas que, a mi parecer, trascendían el caso específico del Sónar. No me propongo, un año después de la polémica, escribir un texto prescriptivo, que trate de identificar o proponer una u otra acción ética a esta situación específica (lo cual se hizo ya de manera más que convincente). No voy a tratar de proporcionar una respuesta fácil y directa, sino de pensar en por qué a menudo parecemos no ser capaces de encontrar este tipo de respuesta a “dilemas” como este. O lo que es lo mismo, de preguntarnos qué rol ocupa la reflexión ética en la configuración de dilemas aparentemente “irresolubles”. Se suele decir “es complicado”, pero ¿qué hay de complicado en un genocidio? ¿Qué es realmente a lo que nos referimos con ese “complicado”?
Casualmente, el nombre del festival tiene una conexión bélica. Un sonar es un artilugio de origen militar que sirve para localizar objetos ocultos bajo el océano mediante el uso de ondas de frecuencia larga (o bajas frecuencias), señales de radio por debajo de los 50 kHz que son capaces de penetrar las profundidades submarinas. Nuestro propósito aquí es capturar esas “frecuencias profundas” que atraviesan dilemas como el que plantea el Sónar, esos tonos que no se escuchan, pero están ahí; esas cosas que no se dicen, pero que son más determinantes que lo que se dice. Las bajas frecuencias tienen que ver con lo inconsciente: son las que menos se oyen, pero las que más atraviesan el cuerpo, como un kick subgrave o el sonido de una explosión.
Apelar al diálogo, a veces, es apelar a la inacción. La conversación degenera en una especie de ruido blanco que satura el ambiente, impidiendo escuchar nada, y atrapándonos en un bucle de retroalimentación
Para ello, debemos practicar una escucha atenta y analítica. Una de estas notas inaudibles se podía captar en el comunicado que lanzó la llamada “Comunidad de Artistas”, una pantalla tras la que se posicionaron artistas que, sin sumarse al boicot, querían pronunciarse críticamente: lo que suele llamarse estar en misa y repicando. En aquel escrito enfatizaban la “complejidad” del asunto, lo cual implicaba priorizar, frente a la estrategia colectiva del boicot, “abrir el diálogo” y la “reflexividad”. La del diálogo es, por supuesto, una posición difícil de reprochar (¿quién puede estar en contra de uno de los fundamentos de la democracia?), pero hay algo perverso en cómo se despliega acríticamente la creencia en el diálogo como bien en sí mismo, como fetiche: apelar al diálogo, a veces, es apelar a la inacción. La conversación degenera en una especie de ruido blanco que satura el ambiente, impidiendo escuchar nada, y atrapándonos en un bucle de retroalimentación. El asunto se vuelve “complejo”. El “debate” nunca se resuelve, y todo sigue felizmente como siempre. No se trata tanto de llegar a una conclusión, sino precisamente de evitar llegar a ninguna, para no tener que cambiar nada. Business as usual. Algo así es a lo que se refería Sara Ahmed como “actos de habla no performativos”, enunciaciones que, precisamente “funcionan” al no provocar los efectos que nombran, al desplazarlos.
Deberíamos preguntarnos qué valor tienen las palabras cuando ya no queda nada más por decir, cuando lo real (por ejemplo, el genocidio o la catástrofe climática) excede cualquier intento de simbolización. Theodor Adorno sentenció famosamente que “escribir poesía después de........
