Más allá del racismo y la enemistad: hacia un eros social y anticolonial
Opinión Más allá del racismo y la enemistad: hacia un eros social y anticolonial
Hace unos días, el 17 de junio, se cumplió un año del asesinato de Abderrahim El Akkouh en Torrejón de Ardoz. Abderrahim fue asesinado por dos policías que estaban fuera de servicio —uno de ellos jubilado—. La motivación de la brutal actuación de los agentes fue presumiblemente el robo de un móvil. Ambos policías asfixiaron en medio de una calle de Torrejón al joven de origen marroquí. Todas y todos hemos podido verlo gracias a las grabaciones de los vecinos. Un año más tarde, y con un buen número de pruebas y testimonios existentes, todavía no hay una sentencia firme. No hay aún justicia.
“Ojalá te mueras ahora mismo, cabrón”, grita uno de los policías en uno de los vídeos grabados aquella funesta noche. De nuevo, el cuerpo de una persona racializada y migrante es violentado hasta la muerte. Pero no es el único. Pues también podríamos hablar de Abdoulie Bah, Yoni Barrul, Brian Ríos, Mahmoud Bakhoum o Haitam Mejri. Todos ellos perdieron la vida tras una intervención policial. De lo que hablamos aquí, como es obvio, es de racismo. De racismo institucional en este caso: de cómo los cuerpos de seguridad del estado se sienten autorizados para acabar con la vida de una persona racializada por un supuesto hurto, desplegando una violencia inusitada —violencia que jamás se ejercería por un robo menor contra una persona blanca—. Por supuesto, la muerte de Abderrahim pertenece a una constelación de circunstancias más profunda e insidiosa. Y es que el racismo se ha convertido hoy en un programa político prácticamente global.
El Pacto Europeo de Migración y Asilo, un pacto que pone trabas a la migración, consagra actividades que violan los Derechos Humanos y restringe el derecho de asilo, es el horizonte que planea sobre Europa en la actualidad. Este pacto no es más que una profundización o el desenlace lógico de la agenda securitaria y anti-derechos iniciada la década pasada por las instituciones europeas. Como colofón, se acaba de aprobar un Reglamento de Retorno que agiliza las deportaciones y permite la creación de “centros de retorno”, más bien centros de internamiento, en países que no pertenecen a la Unión Europea. Está por ver si estos países respetarán los Derechos Humanos o no en la práctica —es fácil intuir ya la respuesta—.
Europa se encuentra atravesada por la misma pulsión racista que Estados Unidos, una suerte de thanatos colonial que se traduce en la deshumanización del otro migrante y racializado
Si bien la administración de Donald Trump y su policía migratoria (ICE) son todo un signo de época, Europa se encuentra atravesada por la misma pulsión racista que Estados Unidos, una suerte de thanatoscolonial —un instinto de muerte y destrucción— que se traduce en la deshumanización del otro migrante y racializado. Uno estaría tentado de hablar de la construcción contemporánea de una Europa fortaleza como de una suerte de repliegue narcisista y paranoico de la llamada cultura europea, pero las cosas son más complejas.
La invención moderna del racismo
En España los delitos e incidentes de odio aumentaron en 2025 un 23,6 %, llegando a 2.417, la cifra más elevada de toda la serie histórica recogida por el Ministerio del Interior. De estos delitos, 934 están relacionados directamente con el racismo y la xenofobia. Este es nuestro presente. Pero conviene interrogarse por las raíces de una cultura, la europea y la española en particular, que exhibe hoy este grado de odio. Una cultura que insulta, deshumaniza y, en el límite, está dispuesta a aniquilar a aquel que considera como un otro amenazante. Un otro creado a través de la construcción ideológica de la supremacía blanca y de la superioridad civilizatoria europea.
Si vamos, pues, a la raíz, conectando el presente con el pasado, debemos hablar justamente de la invención moderna del racismo. Del trauma histórico que supuso el colonialismo europeo para los pueblos del sur global y también de las formas de dominación que produjo, formas que se han perpetuado históricamente hasta la actualidad por otras vías. Es lo que podemos llamar la colonialidad del poder, tal y como ha subrayado Aníbal Quijano. La colonización instituyó un patrón de jerarquización social racista que fue fundamental para el desarrollo del capitalismo, ya que permitió al capital asegurar su ciclo de acumulación inicial a base de expolio y de la subalternización de pueblos enteros. El propio Marx divisó cómo todo el proceso de colonización constituyó el preludio necesario de la emergencia del capital industrial. “Los tesoros expoliados fuera de Europa directamente por el saqueo, por la esclavización y las matanzas con rapiñas, refluían a la metrópoli y se transformaban allí en capital” (Marx, 2003)”.
Retomando a Quijano, la cuestión de la institución del racismo fue consustancial al desarrollo del patrón de dominación del poder capitalista. Este patrón fue inaugurado hace más de 500 años, durante la conquista de América, allí se forjó la categoría de “raza” para después expandirse y globalizarse por todo el orbe que abarcaba el mercado mundial. Las diferencias fenotípicas y culturales entre colonizadores y colonizados funcionaron como justificación o base para la creación de las........
