‘Mort aux vaches!’ George Brassens, el odio a la policía y el amor a la humanidad
Análisis ‘Mort aux vaches!’ George Brassens, el odio a la policía y el amor a la humanidad
El portal Galizalivre recientemente analizó en conjunto las iniciativas de los Estados belga, italiano, francés, alemán y español en el sentido de reforzar la impunidad de sus policías, reduciendo por lo tanto las garantías jurídicas y de seguridad de sus pueblos. En concreto, Francia, el Estado europeo con más muertes a manos de la policía, acaba de aprobar una ley a este respecto. El nuevo marco legal propicia la inversión de la carga de la prueba, es decir, asume la culpabilidad de la víctima presuponiendo que cualquier intervención armada de un policía es siempre en legítima defensa. No son los primeros pasos de una dictadura militar: es una medida de seguridad promovida por un gobierno de derecha moderada y aceptada por una mayoría parlamentaria. Los colectivos de víctimas de la violencia policial y familiares han bautizado la nueva ley como “licencia para matar”.
El peso de la policía en Francia, como ejemplar paradigmático de Estado fuerte y centralista, tiene un correlato social de odio a las fuerzas del orden. Incluso en la cultura más popular, en la que transgredió generaciones, clases sociales y hasta las fronteras del Estado, encontramos muestras de ese odio, como la que vamos a desgranar a continuación.
Al final de la década de los 50, varias encuestas concedieron a Georges Brassens (1921-1981) y a sus canciones los primeros puestos entre los gustos de la juventud francesa. Una década después, en 1967, tras rechazar un sillón en la Académie Française —“mi dignidad me lo prohíbe”—, esta le otorgó su honorable Gran Premio de Poesía. Vendió millones de discos y viajó por todo el mundo francófono. Todas las casas francesas tenían discos en los que su voz ronca clamaba contra la policía y en las casas sin discos había quien las cantase por su propia voz. Hoy no es difícil encontrar en cualquier pueblo de Francia una calle, plaza, escuela o centro social con su nombre. Si en las últimas décadas varias personas fueron acusadas e incluso condenadas en Francia por cantar sus letras, Jacques Charpentreau asegura que en el primer concierto de Brassens al que acudió vio al comisario local de la policía aplaudiendo entre carcajadas “visiblemente seducido”.
La trayectoria de Brassens tiene un eminente sentido narrativo. Un deseo de contar. En ella la policía es una presencia constante, aunque las formas con las que se presenta a los agentes y las funciones que estos cumplen en cada momento sean cambiantes. A partir de estos hechos, diría que difíciles de refutar, la construcción de cualquier relato —sobre todo de uno vital— corre el riesgo de encontrar sentido donde no lo hay: de seleccionar los acontecimientos y concatenarlos de manera que parezcan providenciales. Por más que este peligro sea inevitable, el retrato que sigue tiene más pretensiones de honestidad que de perfección y enfrenta sin miedo las tomas de posición que en la trayectoria de Brassens fueron contraponiendo dos grandes fuerzas: el odio al orden y el amor por la humanidad.
Aunque el genio de Sète declaró en varias ocasiones no utilizar sus composiciones para hablar de su vida, es inevitable encontrar algunos destellos biográficos en su obra. Así, sabemos de sus primeras experiencias con la policía gracias a Les quatre bacheliers, por lo demás un guiño a la por él admirada obra de Albert Marchon. Los cuatro estudiantes “sin vergüenza” eran Loulou Bestiou, Robert Bayle, Germain Metge y el propio Brassens, que “para regalar flores a las chicas / nos hicimos un poco ladrones”. Ramón Chao afirma que no fue otro que Brassens, con 17 años, el líder de una banda que robó varias casas de Sète y extorsionó a un joyero, concluyendo la aventura con la detención y condena de un año de prisión para cada miembro.
Más adelante, durante sus revueltos años veinte, por usar la expresión de la poeta, el Brassens........
