Un amor extraño, o como aprendimos a despreocuparnos y amar la Bomba
Análisis Un amor extraño, o cómo aprendimos a despreocuparnos y amar la Bomba
Hubo un tiempo —parece el paleolítico, pero apenas han pasado unas décadas— en el que millones de personas salían a la calle porque creían que podían morir abrasadas en quince minutos.
No era una paranoia. Era una descripción técnica.
La doctrina nuclear de la Guerra Fría no era una metáfora, era una arquitectura administrativa del exterminio entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Tenía siglas elegantes —MAD, Mutual Assured Destruction, Destrucción Mutua Asegurada, pero también “loco”— que suenan a think tank (¿tanque de pensamiento?) con moqueta azul y café recalentado. Pero lo que significaban era algo bastante más vulgar, que, si Washington lanzaba misiles intercontinentales, Moscú respondía con los propios; si Moscú respondía, Washington volvía a lanzar; si alguien dudaba, había submarinos preparados para recordarle que la especie humana era perfectamente prescindible.
Durante décadas el planeta descansó sobre una lógica directamente suicida como era evitar la guerra mediante la certeza de que una guerra acabaría con todo. Esto es la “Paz nuclear”, que era igual a la capacidad de destruir al adversario incluso después de ser destruido.
Ahí empezó también una de las mayores operaciones de blanqueamiento histórico del siglo XX como fue presentar la era nuclear como un periodo de racionalidad estratégica
Decir que funcionó sería excesivo. Más bien no estalló una guerra termonuclear global por pura combinación de miedo, suerte y burocracia militar. Porque mientras las élites estratégicas celebraban su equilibrio del terror, el planeta se convirtió en un laboratorio radiológico a cielo abierto.
Ahí empezó también una de las mayores operaciones de blanqueamiento histórico del siglo XX como fue presentar la era nuclear como un periodo de racionalidad estratégica. Una especie de ajedrez entre caballeros sobrios.
La realidad fue bastante menos elegante, se trató de una irresponsabilidad industrial a escala planetaria.
Estados Unidos realizó más de 1.000 pruebas nucleares entre 1945 y 1992, muchas de ellas en Nevada y Nuevo México. En Nevada, poblaciones enteras fueron expuestas a lluvia radiactiva. Ganaderos, pueblos indígenas y soldados enviados a observar explosiones como si aquello fuese una demostración de fuegos artificiales patrióticos. Los llamados downwinders llevan décadas recordando algo incómodo, el Estado que prometía protegerlos los utilizó como cobayas nacionales.
Antes estuvo Trinity, en julio de 1945, en Nuevo México. La explosión fundacional del Proyecto Manhattan. El mito tecnológico estadounidense tiene allí uno de sus altares. Menos conocido es que comunidades hispanas e indígenas cercanas fueron expuestas sin información ni protección. Nadie les pidió consentimiento ni les dio explicaciones.
El programa atómico civil y militar nunca estuvieron realmente separados. El átomo “pacífico” fue, en buena medida, la lavandería moral del átomo militar
Jean-Marc Royer, en El mundo como proyecto Manhattan (El Salmón, edición española de 2022), explica algo que los apologetas nucleares prefieren esconder bajo toneladas de propaganda energética: el programa atómico civil y militar nunca estuvieron realmente separados. El átomo “pacífico” fue, en buena medida, la lavandería moral del átomo militar. Royer lo plantea con brutal claridad: el complejo nuclear global convirtió vastos territorios en zonas de sacrificio........
