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Dos exigencias ante unas elecciones históricas

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12.10.2026

Opinión Dos exigencias ante unas elecciones históricas

Sin abusar del calificativo, pocas veces se habrá podido decir con tanta razón que unas elecciones van a ser históricas. En un mundo que normaliza la inhumanidad y la brutalidad, España no quedará al margen de un ciclo político que ya ha transformado Estados Unidos, buena parte de América del Sur y numerosos países europeos.

Cuando digo España me refiero también a todas sus realidades políticas interiores, se piensen a sí mismas como nación, nacionalidad, comunidad autónoma o región. La desigualdad desatada, la xenofobia, la reacción machista, la crisis climática o el poder creciente de las grandes corporaciones tecnológicas no se detendrán ante ninguna frontera nacional. Ningún territorio dispone de una inmunidad democrática que le permita desentenderse de lo que sucede a su alrededor.

En este escenario, lo que necesitamos de cara a las próximas elecciones generales es bastante sencillo de exponer, aunque seguramente mucho más difícil de conseguir. Son dos exigencias: la primera responde a la ética; la segunda, a la lógica electoral.

La democracia necesita una ciudadanía organizada, capaz de defender sus derechos y de exigir responsabilidades a quienes gobiernan y las elecciones constituyen un momento especialmente importante de esa responsabilidad colectiva

La primera es una sociedad civil plenamente movilizada. En las calles, en las organizaciones sociales, en los sindicatos, en los barrios, pero también en las urnas. La democracia necesita una ciudadanía organizada, capaz de defender sus derechos y de exigir responsabilidades a quienes gobiernan y las elecciones constituyen un momento especialmente importante de esa responsabilidad colectiva.

Comprendo el hartazgo de quienes han perdido la confianza en la democracia electoral, si es que alguna vez la tuvieron. Comprendo el cansancio ante las interminables peleítas entre las izquierdas, sus personalismos y sus disputas por espacios de poder cada vez más pequeños. Hay motivos sobrados para la decepción. Pero también hay una pregunta que deberíamos hacernos antes de decidir que votar ya no merece la pena: ¿quiénes van a pagar las consecuencias de nuestras decisiones?

Pensemos en las personas que dependen de unos servicios públicos accesibles, en quienes no........

© El Salto