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La izquierda y las teorías de la conspiración: por qué no se debe combatir con armas ajenas

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22.05.2026

Opinión La izquierda y las teorías de la conspiración: por qué no se debe combatir con armas ajenas

Norman Finkelstein, conocido por su vasto trabajo relacionado con el conflicto palestino-israelí, ha generado polémica en la izquierda anti-sionista. Su posición es crítica respecto al uso de teorías de la conspiración y el consecuente abandono del rigor fáctico. Esta crítica apunta especialmente a la derecha MAGA, la cual ha instrumentalizado dichas teorías como una táctica para desacoplar la política exterior de EEUU respecto a Israel. Así, el politólogo ha fustigado ideas absurdas, como la tesis de Tucker Carlson sobre la autoría israelí en el asesinato de Kennedy o la afirmación de Candace Owens de que los sobrevivientes del Holocausto eran comunistas infiltrados. La tensión en la izquierda surge, precisamente, cuando Finkelstein denuncia que aceptar estos aliados tácticos implica importar su irracionalidad.

Coincido plenamente con Finkelstein por diversas razones. La primera es que la teoría de la conspiración es una forma de superstición que siempre rinde réditos políticos a la derecha, jamás a la izquierda. Esto aún cuando investigaciones empíricas (aquí, aquí, aquí) indiquen que poblaciones incluidas en ambos espectros del panorama político son igual de sensibles a adoptar las tesis de dichas teorías. Sin embargo, es posible señalar que en las democracias avanzadas la izquierda ha sido en general resistente a su contenido y uso político. Aunque parezca anacrónico señalarlo, la característica definitoria de la izquierda es su compromiso con la racionalidad.

Resulta lógicamente incompatible declararse racional y, simultáneamente, ser antivacunas o creer en cábalas sobre gobiernos mundiales (“los globalistas”) encabezados por George Soros

Las mejores argumentaciones respecto de esta posición se encuentran en el marxismo analítico y el anarquismo comunista. Esta razón es la que permite fundamentar la igualdad humana no en criterios biológicos o morales, sino en la capacidad universal de trabajar; una condición ontológica de la que emanan obligaciones colectivas para con aquellos que no pueden ejercerla. Por ello, la izquierda se opone tanto a las castas elegidas por Dios como a la mera reproducción del capital en linajes familiares. De aquí surge, por ejemplo, la máxima socialista: “De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”. También la máxima anarquista de “la mayor libertad universal posible acompañada con la mayor riqueza universal posible mediante la ayuda mutua”. Bajo estos principios, la distribución racional de los frutos del trabajo busca optimizar los rendimientos socio-tecnológicos —salud,........

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